Opinión de Marisa Plano

¿Quién educa a los adultos?


Por Marisa Plano*

Pasamos gran parte de nuestra vida preguntándonos cómo educar a los niños. Les enseñamos a respetar, a compartir, a ser solidarios, a aceptar al que piensa, siente o vive de una manera diferente. Les decimos que nadie debe ser discriminado y que todos tenemos algo valioso para ofrecer.

Pero alguna vez nos detuvimos a preguntarnos: ¿quién educa a los adultos?

Porque los niños no aprenden solamente de lo que les decimos. Aprenden de lo que ven. De nuestras palabras, de nuestros gestos, de la manera en que miramos al otro, de cómo reaccionamos frente a quien es diferente. Aprenden cuando un adulto ayuda, pero también cuando un adulto excluye. Cuando escucha, pero también cuando juzga.

Y aquí aparece una responsabilidad que muchas veces olvidamos: no alcanza con educar a las nuevas generaciones si nosotros no estamos dispuestos a seguir aprendiendo.

Aprender a no etiquetar. A no prejuzgar. A comprender que una discapacidad no define a una persona. Que una dificultad económica no determina su valor. Que ser diferente no significa ser menos. Que detrás de cada historia hay una persona que merece ser mirada con dignidad y respeto.

Hablamos mucho de inclusión, de diversidad, de convivencia y de igualdad de derecho. Y está bien. Las palabras son importantes. Pero llega un momento en que las palabras tienen que transformarse en acciones. Porque no podemos enseñarles a nuestros niños a construir una sociedad más humana mientras los adultos seguimos levantando barreras, algunas visibles y otras mucho más difíciles de reconocer.

Tal vez la pregunta no sea solamente qué mundo queremos dejarles a nuestros niños, sino también qué adultos queremos ser mientras ellos crecen.

Porque educar no es una tarea exclusiva de la escuela. Educamos en casa, en la calle, en el trabajo, en las redes sociales, en una conversación, en una mirada y hasta en un silencio.

Y quizás la gran transformación que necesitamos comience justamente allí: en nosotros mismos.

Nunca dejamos de aprender a ser personas.

Por eso, antes de pedirles a los niños que respeten las diferencias, quizás tengamos que preguntarnos cuánto estamos haciendo nosotros para comprenderlas.

Antes de enseñarles a incluir, preguntémonos si nosotros sabemos hacer lugar.

Antes de hablarles de solidaridad, preguntémonos si somos capaces de tender una mano sin esperar nada a cambio.

Y antes de decirles que todos somos iguales en derechos, recordemos algo esencial: todos somos diferentes, todos somos valiosos.

Porque tal vez los adultos también necesitemos ser educados.

No para saber más.

Para ser mejores seres humanos.

Y esa, quizás, sea una de las materias más importantes que todavía tenemos pendiente.

*Lic. en Ciencias de la Educación

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