Por Marisa Plano
Hay momentos en los que una costumbre necesita que nos detengamos a pensar. La pirotecnia puede parecer, para algunos, una forma de celebrar, de iluminar el cielo y de compartir una alegría. Pero para otros, esos mismos segundos pueden convertirse en momentos de miedo, angustia, dolor y desesperación.
No todos vivimos los ruidos de la misma manera. Hay personas para quienes una explosión inesperada puede resultar insoportable. personas con y sin discapacidad, personas que parecen alguna enfermedad y también animales pueden sufrir profundamente ante los estruendos. Muchas veces, quienes están alrededor ni siquiera alcanzan a imaginar lo que está viviendo el otro.
Y hay algo que deberíamos preguntarnos: ¿vale la pena que nuestra diversión tenga como consecuencia el sufrimiento de alguien más?
Celebrar no debería significar lastimar. Podemos encontrarnos, abrazarnos, brindar, cantar, bailar, mirar un cielo hermoso y compartir la alegría sin necesidad de provocar miedo.
Quizás este año podamos hacer algo diferente: cambiar una costumbre por un gesto de consideración. Porque cuando sabemos que algo puede hacer sufrir a otro y aun así elegimos evitarlo, estamos demostrando algo mucho más importante que nuestra capacidad de festejar: estamos demostrando nuestra capacidad de pensar en los demás.
Que ninguna celebración nos haga olvidar que del otro lado también hay una vida que merece tranquilidad.
Festejemos la vida. Festejemos juntos. Y que nuestra alegría nunca necesite del dolor de nadie.
*Lic. en Ciencias de la Educación
