Por Maru Brus
Las salas de calma pueden ser un recurso maravilloso cuando ofrecen a un estudiante un espacio seguro para regularse. Sin embargo, también nos invitan a pensar una cuestión mucho más profunda: qué sucede cuando aquello que fue creado para acompañar comienza, sin que nadie se lo proponga, a separar. Quizás haya llegado el momento de preguntarnos si, además de las formas de segregación que todavía persisten, estamos construyendo otras dentro de la propia escuela común.
Pensemos en una escena que podría suceder en cualquier escuela. Un estudiante comienza a sentirse incómodo, el ruido parece molestarle cada vez más, se tapa los oídos, camina, llora, grita o encuentra la manera que puede de mostrar que algo de ese entorno se volvió demasiado para él. Una docente lo advierte, un acompañante se acerca y alguien propone ir un rato a la sala de calma. Allí hay menos estímulos, quizás luces más suaves, almohadones, auriculares o algunos elementos sensoriales. Después de un tiempo logra sentirse mejor y puede regresar con sus compañeros. En una situación así, ese espacio cumplió exactamente la función para la que fue pensado: acompañó una necesidad y permitió continuar.
La pregunta aparece cuando esa escena empieza a repetirse. Cuando cada situación difícil encuentra la misma respuesta y, poco a poco, ese estudiante comienza a pasar cada vez más tiempo fuera del aula. Un día es durante una actividad, otro porque el comedor resulta demasiado ruidoso, otro porque se anticipa que determinada propuesta podría desregularlo. Cada decisión, mirada por separado, puede tener una explicación perfectamente razonable e incluso haber sido tomada desde el cuidado. Sin embargo, cuando las reunimos aparece algo que quizás no estábamos viendo: ese estudiante sigue concurriendo todos los días a una escuela común, pero ¿cuánto de su experiencia escolar está transcurriendo realmente junto a los demás?
No creo que estas situaciones nazcan necesariamente de una intención de excluir. Muchas veces sucede exactamente lo contrario. Hay una docente intentando cuidar a un estudiante mientras sostiene al resto del grupo, un acompañante buscando anticiparse a una situación que sabe que puede generarle sufrimiento, una familia que agradece que su hijo tenga un lugar seguro y una institución que incorporó un recurso porque genuinamente quiso encontrar una respuesta. Las buenas intenciones existen y también deben ser reconocidas. Pero justamente porque existen necesitamos poder mirar los efectos de nuestras prácticas sin convertir cada revisión en una acusación.
Cuando hablamos de segregación educativa solemos pensar, casi inmediatamente, en estudiantes que concurren a edificios diferentes, transitan circuitos distintos y tienen pocas posibilidades de compartir experiencias con otros. Y no estamos hablando de algo que haya quedado en el pasado: esa forma de segregación existe y continúa formando parte de nuestros sistemas educativos. Pero quizás hoy necesitemos ampliar un poco la mirada, porque separar no siempre requiere mandar a un estudiante a otra institución. También podemos hacerlo dentro de la escuela común, incluso mientras hablamos de inclusión. Podemos compartir el edificio, la matrícula y hasta el nombre de una misma escuela y, al mismo tiempo, construir pequeños circuitos paralelos que hacen que algunos estudiantes estén allí, pero vivan una experiencia educativa cada vez más alejada de la de sus compañeros.
Un estudiante puede tener su nombre en la lista, su mochila colgada junto a las demás, sus trabajos en las paredes y su lugar en la fotografía del curso. Puede entrar cada mañana por la misma puerta que sus compañeros y, aun así, pasar buena parte de su jornada en otros espacios, realizando otras actividades o relacionándose principalmente con los adultos que lo acompañan. No está afuera de la escuela y, sin embargo, puede estar quedando afuera de muchas de las experiencias que hacen que una escuela sea mucho más que un edificio.
Por eso las salas de calma me llevan a pensar en algo bastante más amplio que las propias salas. Tal vez necesitemos empezar a reconocer que también podemos construir fronteras dentro de una escuela común. Esas fronteras pueden aparecer cuando una actividad es permanentemente “para él”, cuando determinados momentos nunca se comparten, cuando el recreo transcurre siempre junto a un adulto o cuando una sala que debía estar disponible ante una necesidad termina convirtiéndose, casi sin advertirlo, en el lugar habitual de un estudiante.
Esto no significa que todos deban permanecer juntos todo el tiempo ni que ofrecer un espacio diferente sea necesariamente segregador. Sería contradictorio hablar de diversidad y después pretender que todas las personas necesiten exactamente las mismas condiciones. Hay estudiantes que necesitan silencio, otros necesitan moverse, algunos requieren disminuir estímulos y otros simplemente necesitan alejarse durante un rato. Respetar esas necesidades también es inclusión. La diferencia no está solamente en que exista un espacio distinto, sino en el sentido que adquiere dentro de la trayectoria de esa persona.
Quizás por eso una de las preguntas más importantes sea quién necesita la sala de calma en ese momento. Si la necesita el estudiante porque el entorno se volvió demasiado intenso y encuentra allí una manera de regularse, estamos ofreciendo un apoyo. Pero si comenzamos a necesitarla los adultos cada vez que no sabemos cómo acompañar determinada situación o cuando su presencia altera la dinámica que habíamos previsto, entonces deberíamos permitirnos revisar qué está sucediendo.
También podríamos empezar a mirar lo que sucede alrededor y, sobre todo, preguntarnos qué podemos cambiar nosotros. Si un estudiante necesita salir todos los días del aula porque el ruido resulta insoportable, además de ofrecerle un lugar silencioso podemos pensar qué podemos hacer con ese entorno. Si una propuesta genera una y otra vez la misma dificultad, quizás tengamos que revisar nuestras prácticas, los tiempos, los estímulos, las formas de enseñar y también nuestras propias expectativas. Porque incluir no debería significar encontrar siempre un lugar diferente para quien no logra habitar lo que ya existe, sino estar dispuestos a transformar aquello que construimos entre todos. Tal vez el verdadero desafío sea ese: dejar de pensar solamente adónde puede ir el otro cuando no puede quedarse y empezar a preguntarnos qué podemos cambiar nosotros para que deje de ser siempre el otro quien tenga que irse y para que, quizás algún día, ya no necesite hacerlo.
Y acá aparece algo que considero especialmente delicado. Estas formas de separación pueden ser mucho más difíciles de reconocer porque no tienen necesariamente la apariencia que solemos asociar con la segregación. Una sala puede ser preciosa, estar cuidadosamente diseñada, tener luces cálidas, paredes de colores y materiales sensoriales elegidos con enorme dedicación. Todo eso puede hacer que el espacio sea más amable y puede ser profundamente beneficioso para quien lo necesita, pero la estética no define por sí sola el sentido de una práctica.
Podemos cambiar las palabras, mejorar los espacios y hacerlo desde las mejores intenciones, pero si terminamos separando sistemáticamente a los mismos estudiantes deberíamos preguntarnos si realmente modificamos la lógica o simplemente conseguimos que sea menos evidente. Quizás una de las discusiones actuales de la educación inclusiva pase justamente por allí: comprender que la segregación no necesariamente necesita otro edificio. También puede aparecer cuando construimos pequeños circuitos paralelos dentro de una misma escuela.
Por eso no creo que debamos dejar de construir salas de calma. Creo que debemos pensarlas mejor, hacerlas accesibles, respetuosas y disponibles para quienes realmente las necesiten, pero también preguntarnos qué sucede antes de que un estudiante llegue allí y, fundamentalmente, qué sucede después. Un espacio de regulación debería ampliar sus posibilidades de bienestar y participación, no convertirse en el lugar donde transcurre aquello que la escuela todavía no encuentra cómo acompañar.
Tal vez el verdadero desafío esté en aprender a distinguir entre ofrecer un espacio diferente y construir un lugar aparte. La diferencia puede parecer pequeña, pero para quien transita buena parte de su escolaridad detrás de esa puerta puede ser enorme.
Porque al final de toda esta discusión no estamos hablando solamente de salas, recursos o estrategias. Estamos hablando de un estudiante que tiene derecho a necesitar silencio, a alejarse cuando algo lo desborda, a recibir apoyos y a ser acompañado respetando sus tiempos, pero que también tiene derecho a construir vínculos, compartir experiencias, aprender con otros y sentirse parte.
Quizás por eso ya no alcance con preguntarnos si está dentro de una escuela común. Necesitamos empezar a mirar también qué escuela puede habitar una vez que está adentro. Porque podemos compartir el mismo techo y, sin darnos cuenta, seguir construyendo distintas fronteras.
Mgter. Maru Brus – Doctorada en Educación
Fundadora de IncluirArt24
Fuente foto Unikids
