Por Andrea Albertano/Ximena Pascutti
Con una voz fragmentaria y veloz, el relato reconstruye la memoria sensorial de una generación atravesada por la curiosidad de la niñez y las reglas invisibles del hogar.
Hay infancias que no se guardan en fotos perfectas, sino en la memoria del cuerpo: la piel pegajosa bajo un guardapolvo, un dedo apretando el botón de PARAR en el ascensor o la mezcla de culpa y secreto después de probar un sorbito de vino. Dame la mano (Editorial Caburé), la reciente novela de Laura Efrón, nos sumerge en los años ochenta y en la fascinante construcción de la mirada y la conciencia de una niña que crece.
A través de la voz viva y en tiempo real de su protagonista -una nena que observa la vida adulta a través de rendijas de puertas y conversaciones a medio terminar-, la obra funciona como una auténtica cápsula de tiempo. Pequeños episodios cotidianos como un accidente doméstico, la espera ansiosa frente al arbolito de Navidad o los encantadores ritos de la amistad escolar se transforman en postales imborrables sobre la pérdida de la inocencia.
“Mi objetivo fue siempre estar en la mirada de la niña, casi enarbolando su bandera, defendiéndola de lo que todavía no sabe o recién está intuyendo que sucede o va a suceder. Lo difícil fue no caer en la tentación de cuidarla en exceso y resguardarla por completo, sino dejarla en el borde, para que de a poco lo enfrente”, revela la autora respecto de su proceso de escritura.
“Creo que en la infancia, el terror, el real y el ficticio, está ahí, esperando para salir a la cancha en cualquier momento. Sí, la infancia es una etapa de mayor vulnerabilidad, pero también una en la que muchas cosas se potencian y todo (sensaciones, hechos) es mucho más o mucho menos de lo que realmente es -reflexiona-. En la mirada infantil hay más posibilidad de todo, y las fantasías, rumores y cuentos crecen y explotan con más facilidad”.
Lejos del cliché, la mirada de Efrón es honesta, expectante y certera. Dame la mano, su primera novela, nos invita a habitar el pasado de nuevo y a redescubrir la energía con la que nos asomamos al mundo por primera vez.

