Por Cecilia Taburet*
Cuando proyectamos migrar, nuestra energía suele quedar secuestrada por lo fáctico: trámites, visados, búsqueda de vivienda y estabilidad financiera. Sin embargo, en el afán por resolver lo administrativo, a menudo omitimos el trabajo más importante: la arquitectura emocional de la decisión.
Más que buscar una «validación» o un supuesto apto para irse, lo fundamental es construir un espacio terapéutico —antes y durante el proceso— donde sea posible poner en palabras los malestares, los temores y, sobre todo, nuestras expectativas.
La pregunta por el deseo: ¿Qué se juega ahí?
El interrogante que ordena el caos es sencillo pero profundo: ¿Para qué migras? A menudo, la migración se sostiene sobre ideales que funcionan como espejismos. Si no interrogamos esas fantasías —la idea de que el nuevo país resolverá conflictos internos o que allí seremos «otra persona»—, corremos el riesgo de encontrarnos, al poco tiempo, con la misma angustia en un escenario geográfico diferente. Dar lugar a lo subjetivo y a lo genuino implica admitir que migrar es, por definición, una tarea difícil que implica contingencias. La verdadera madurez de la decisión aparece cuando podemos despojarnos de esos ideales rígidos para enfrentar la realidad de lo que viene.
El sostén en la transición: Winnicott, Jung y Ulloa: Como bien señalaba Donald Winnicott, el ser humano necesita un «entorno facilitador» para existir. Al migrar, perdemos de golpe el sostén de nuestro entorno primario (la lengua, el código social, la pertenencia). El espacio terapéutico actúa entonces como ese nuevo lugar de sostén mientras el self se adapta a las nuevas coordenadas. Desde Carl Jung, la migración se presenta como un proceso de individuación que confronta al sujeto con lo desconocido. La incertidumbre no es un síntoma a eliminar, sino una oportunidad para integrar partes de nuestra personalidad que en la comodidad de lo conocido permanecían adormecidas. Es, en esencia, una crisis necesaria para el crecimiento. Finalmente, la perspectiva de Fernando Ulloa nos recuerda que la subjetividad se construye en lo colectivo. El malestar migratorio suele ser el dolor de ver roto nuestro tejido social.
Trabajar esto clínicamente nos permite reconocer que, aunque estemos lejos, nuestra capacidad de crear nuevos lazos y de reinscribir nuestra historia en una comunidad es lo que nos devuelve la potencia vital.
Una decisión importante requiere apoyo profesional: Si estás pensando en dar este paso, es necesario saber que contar con un espacio de acompañamiento es fundamental. No para validar si «podes» hacerlo, sino para:
* Adquirir herramientas: Desarrollar recursos de afrontamiento ante las contingencias y la incertidumbre.
*Profundizar en el deseo: Diferenciar el deseo genuino de migrar de las expectativas externas o los mandatos familiares.
*Tramitar el desarraigo: Poner en palabras los temores, los duelos y la ansiedad que inevitablemente acompañan a todo cambio de vida.
*Cecilia Taburet | Acompañamiento en procesos migratoriosNo permitas que tu migración se reduzca a una acumulación de papeles y trámites. Mi propuesta es que trabajemos juntos para que este proceso sea una oportunidad de conexión real con tu deseo y tus emociones. Escribime cecilia.taburet@gmail.com o @psico.ceciliataburet y comencemos a trabajar en un proceso de migración personalizado.
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