Por Marisa Plano*
Durante muchos años hemos debatido cuál es la manera correcta de nombrar a una persona con discapacidad. El lenguaje importa, porque las palabras pueden dignificar o herir. Nombrar correctamente es un acto de respeto y reconoce a la persona antes que a cualquier condición. Sin embargo, hoy necesitamos dar un paso más.
De poco sirve encontrar la expresión perfecta si la persona sigue encontrando puertas cerradas, barreras arquitectónicas, obstáculos para estudiar, trabajar, participar o simplemente disfrutar de los mismos espacios que cualquier ciudadano. La verdadera inclusión no se mide por el discurso. Se mide por las oportunidades.
Respetar a una persona con discapacidad es garantizar la accesibilidad, promover proyectos donde todos puedan participar, eliminar prejuicios y comprender que la diversidad no es un problema que deba resolverse, sino una riqueza que debe valorarse. Una sociedad madura no se conforma con hablar de igualdad. La construye todos los días. Lo hace cuando adapta sus espacios, cuando escucha, cuándo abre oportunidades y cuando deja de pensar en «ellos» para comenzar a pensar en un verdadero «nosotros».
La igualdad de derechos no debe ser un privilegio ni un favor. Es un principio fundamental de toda comunidad que aspire a ser justa. Nadie debería tener que demostrar que merece participar. La participación es un derecho.
Quizás hemos dedicado demasiado tiempo a discutir terminologías y muy poco a preguntarnos si nuestras acciones reflejan aquello que decimos defender. El respeto No termina en una palabra bien elegida; comienza allí y se fortalece con decisiones concretas.
Necesitamos instituciones que abran sus puertas, empresas que generen oportunidades reales, escuelas que eduquen en el valor de las diferencias y ciudadanos que comprendan que la empatía se demuestra con hechos.
Porque la transformación social no llegará cuando encontramos la expresión perfecta, sino cuando ninguna persona quede afuera de una mesa, de un aula, de un empleo, de una actividad cultural o un sueño. Las palabras tienen poder, pero las acciones transforman vidas.
Eso es el desafío de nuestro tiempo: dejar de discutir únicamente cómo nombramos a las personas y comenzar a preguntarnos cómo las estamos tratando, cuánto las estamos escuchando y qué estamos haciendo derechos puedan ejercer plenamente sus derechos.
SOLO ENTONCES PODREMOS DECIR QUE HEMOS ENTENDIDO EL VERDADERO SIGNIFICADO DEL RESPETO.
*Lic. en Ciencias de la Educación
