La columna de Paula Winkler

Los dos impostores que pocos ven


Por Paula Winkler

Rudyard Kipling (1865-1936) en su célebre poema “If” (Si) alude al éxito y al fracaso como a dos impostores. Razón le sobra. En efecto, la sociedad nos enseña a socializar desde niños. Y socializar, cuando te vas haciendo adulto, agrega al proceso (cuando menos en Occidente y hoy) un componente que aliena: la obligación de ser feliz (no el derecho a serlo), ligada a que te vaya bien económica, afectiva y socialmente en lo que sea que encares a medida que crecés.

Como la matriz es competitiva, se trata de seguir (a menudo a como dé lugar) aquel “never give up”, nunca te des por vencido, lo que se traduce generalmente en un aplastamiento inintencionado o no del otro, en llevarse las palmas sin registrarlo siquiera, en avanzar. Se confunde pulsión de vida con impulso de muerte y si bien ambas son las versiones de una misma pulsión humana, lo cierto es que se presta poca atención a lo que solían transitarse como principios éticos en la modernidad.

La vida, nos guste o no, es un eterno aprendizaje. Nos enseñan los compañeros de trabajo, los colegas, los hijos, los hermanos; los límites que el entorno se encarga de construir(nos) en definitiva pues, como reza el dicho berlinés, “Dios no deja que los árboles crezcan hasta el cielo”.

Es apreciable compartir aplausos y admirar a artistas, poetas, filósofos, a juristas, científicos y escritores. Más aún el dejarte sorprender por la sabiduría sencilla de quienes habitan lejos de la ciudad en el campo, en tanto no se encuentran pendientes de las redes, de satisfacer la mirada ajena, de aparecer como los ganadores de no se sabe qué.

Los duelos, la traición, el desamor, hasta las tragedias enseñan si estás dispuesto a verlo y a experimentar algo más que el resentimiento o la venganza de los básicos. Y para ver, como decía Kipling, la existencia no puede encararse entre los dos opuestos falsos que se presentan como la actual deriva en lo que hacés o no hacés o dejaste de hacer: el triunfo, el fracaso. Se trata, por el contrario, de las dos fases de una misma moneda que los inteligentes no contemplan en lo más mínimo. Disfrutan, en cambio, del camino.

Interesa (y estimula) el gozar del proceso, equivocarse, tachar y volver a empezar. La paz subjetiva y los logros (en más o en menos) no son resultados de una lógica binaria. Aunque en las redes guste postear felicidad por doquier, triunfos, premios, hijos y medallas, el recordar de vez en cuando que la paz interna no se logra como la fabricación en serie de una mercancía, imitando y viviendo en forma reactiva sin valorar, sin agradecer, sin pensar, a las largas, se llame fracaso o pérdida, éxito o logro, tales posteos solo te devolverán una verdad de pura ficción.

No somos un algoritmo, un matema, una ecuación matemática, aunque esto que digo no inspire a algunos poetas del consumo bursátil ni a quienes todavía reducen nuestras emociones a la materialidad del cerebro. La neurología, los estudios neurolingüísticos son útiles y atractivos, pero no desplazan a ninguna metafísica, y el desespero por tener, figurar y “avanzar”, sin crecimiento interno, no son aconsejables como guías si el relato singular de cada uno se construye bajo la presión de un reloj que no nos pertenece y nos extranjeriza.