Por Paula Winkler
Todos y todas tenemos una voz interior que nos habla o calla según las circunstancias del afuera y nuestras conveniencias. Y todos y todas no podemos huir de aquello que desconocemos y no controlamos, aun siendo racionales en extremo. Suele ocurrir en el amor, en la amistad. De súbito, un comentario desleal que se escapa de una boca amiga, una actitud desagradable e inesperada de nuestra pareja. Muchos designarían estos ejemplos como “envidia reprimida”, “hartazgo a futuro”, etcétera. Lo propio ocurre cuando en medio de un discurso público, de una entrevista se desliza un error o una expresión sigue un rumbo imprevisto. Se trata de “fallos” que exceden la consciencia. A mí misma me sucedió cuando refiriéndome en una entrevista a las Ciencias de la Comunicación, me aparecieron las de Educación. En este caso, se evidenciaba la anticipación de mi razonamiento posterior: que deberíamos poder recuperar nuestros significantes y develar los signos de la propaganda política, la publicidad, el márquetin personal, etcétera, para descubrir los nuestros. En general, cuando suceden estos hechos del habla (o mejor dicho, de “lalengua”, así escrito, no hay fe de erratas), sucesos que extranjerizan, es porque se exhibe sin intención buscada hacia los demás un encadenamiento de sentido, más allá de lo tangible, incluso para sorpresa del hablante. Periodísticamente, si el “fallo” acaeció frente al público de inmediato los comentarios en la tele se traducirán en una búsqueda de verdad, en algo oculto que empujó al lenguaje hablado y sale hacia el afuera sin control. Pueden aparecer en la escritura, aunque se producen en general en la oralidad, cuya lengua es más denotativa y menos razonada que en el lenguaje escrito.
Averiguar verdad, que no es lo mismo que averiguar acerca de una verdad (legal, objetiva, histórica, científica y tal), puede constituir un camino largo pero preciso hacia una misma, pues no somos únicamente razón. Y el autoconocimiento sostenido solo en cognición (y experiencia) puede ser útil en lo inmediato. Sin embargo, somos algo más profundo que la superficie del cuerpo y de las ideas, poseemos pliegues impensados y quien está dispuesto a bordearlos, a las largas llegará a buen puerto: paz subjetiva, cercana a la tan ansiada felicidad. Todos somos capaces de responder enseguida qué hacemos, de dónde venimos, qué proyectos tenemos, de quiénes o de qué nos frustramos. La pregunta del millón en sentido de quién se es, auténticamente, más allá de los mandatos privados y sociales ajenos, dificulta mucho más la respuesta si consideramos que la vida se trata apenas de un pasaje a la acción, aun cuando tal acción provenga de un cúmulo de conocimientos paralelos y de percepciones propias.
Lo importante, a mi juicio, estriba en surfear nuestras vidas con ética y actitud, claro, pero sobre todo oyendo nuestras voces, que no se limitan a la interior que nos critica, nos perdona o nos orienta en los senderos complejos de la existencia sino que también murmullan, en los sueños y en la vigilia, a través de una cadena propia de significantes que se va haciendo desde que nacemos y pulsamos vida. No hay que temer al pasado, a las lecturas retroactivas. No hay mejor presente que el que mira hacia sus raíces para ir identificando un futuro que todavía no está y se edifica. Bucear en el mar, volar hacia diferentes destinos, caminar lentamente, leer y construir resultan al fin tan relevantes como preguntarnos de vez en cuando “quién soy yo, realmente”. Les dejo la inquietud.
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