Por Silvina Zecler

La salud mental: de lo íntimo a una responsabilidad colectiva


*Por Silvina Zecler

Durante mucho tiempo, la salud mental fue pensada como un asunto íntimo, algo que debía resolverse puertas adentro y, en muchos casos, en silencio. No se hablaba públicamente del malestar emocional y pedir ayuda podía ser vivido como una señal de debilidad o incluso de enfermedad. Hoy la situación es diferente. La salud mental forma parte de las conversaciones familiares, escolares, laborales y sociales. Se habla de ansiedad, estrés, depresión, vínculos, bienestar y autocuidado. Pero que hablemos más no significa necesariamente que comprendamos mejor el problema.

Existe un riesgo: que pasemos de no hablar de salud mental a hablar de ella casi exclusivamente como una responsabilidad individual. Cada persona vive en una familia, en un país, trabaja, estudia, educa a sus hijos, enfrenta preocupaciones económicas y situaciones de inseguridad, envejece, se jubila, construye vínculos y recibe todos los días cientos de mensajes sobre cómo debería ser su vida. Por eso, no podemos pensar la salud mental únicamente desde el individuo.

La Ley Nacional de Salud Mental 26.657, sancionada en 2010, reconoce que la salud mental es un proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos, y que su preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social. Esto supone una mirada amplia: para comprender cómo se siente una persona también tenemos que preguntarnos en qué contexto vive.

Los parámetros y las formas de entender la salud mental pueden variar según los países y las culturas. Y, al mismo tiempo, nuestras formas de relacionarnos están cambiando. La tecnología y la hiperconectividad forman parte de nuestra vida cotidiana y también modifican la manera en que construimos vínculos, nos informamos y nos presentamos ante los demás.

Las redes sociales son un ejemplo claro. Niños, adolescentes y adultos pasan buena parte del día conectados a espacios donde la vida puede aparecer permanentemente filtrada, editada y comparada. El problema no es solamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino qué lugar ocupa ese mundo virtual en nuestra vida y qué efectos puede tener sobre nuestra autoestima, nuestros vínculos, nuestro descanso o nuestros niveles de ansiedad.

En el consultorio, estas cuestiones también forman parte de las conversaciones. No se trata de demonizar la tecnología, sino de poder reconocer cuándo determinados usos empiezan a generar malestar y cuándo es necesario establecer límites o tomar distancia.

La adolescencia merece una mirada particular. Siempre fue una etapa de grandes transformaciones, atravesada por cambios físicos, emocionales y vinculares, por la construcción de la identidad y la búsqueda de autonomía. Pero hoy esos procesos se desarrollan en un contexto de exposición y conexión permanente, donde la comparación con otros puede estar presente las 24 horas.

Por eso, la salud mental ya no puede ser pensada solamente como una problemática privada. Tenemos que preguntarnos qué hacemos como sociedad con esta realidad. La escuela ocupa en este escenario un lugar fundamental. No puede ser solamente el espacio donde se transmiten conocimientos. También es uno de los lugares donde niños y adolescentes construyen vínculos, autoestima, pertenencia y herramientas para enfrentar conflictos.

Las escuelas pueden ser espacios privilegiados para promover el bienestar, integrar la salud mental y el apoyo psicosocial y detectar tempranamente situaciones que requieren atención. Esto no significa convertir a los docentes en terapeutas, sino brindarles herramientas para reconocer señales de alarma, acompañar y saber cuándo y cómo pedir ayuda.

La misma pregunta puede hacerse en el ámbito laboral. Durante años se habló del estrés laboral como si fuera principalmente una incapacidad personal para organizarse, poner límites o manejar la presión. Pero si una persona trabaja diez horas por día, recibe mensajes fuera de horario, tiene escaso control sobre su tarea o vive con miedo permanente a perder su empleo, difícilmente el problema pueda resolverse solamente con una aplicación de mindfulness.

La inseguridad laboral, la discriminación, la sobrecarga y el escaso control sobre el propio trabajo pueden convertirse en factores de riesgo para la salud mental. Por eso, las organizaciones también tienen una responsabilidad: revisar las condiciones en las que las personas trabajan y qué lugar ocupa realmente el bienestar de sus colaboradores.

Hay otra dimensión que muchas veces queda fuera de la conversación: la comunidad. Vivimos cada vez más conectados y, paradójicamente, muchas personas están cada vez más solas. Adultos mayores que viven aislados, jóvenes que tienen cientos de seguidores pero pocos vínculos significativos, personas que atraviesan una crisis y no tienen a quién llamar.

Las comunidades pueden generar respuestas concretas: espacios de encuentro, centros de atención cercanos, actividades culturales, redes de acompañamiento para adultos mayores, programas de prevención, escuelas abiertas a la comunidad y lugares donde pedir ayuda no sea sinónimo de estar enfermo. También necesitamos pensar en el acceso a la atención. Si una persona necesita terapia, debería poder acceder a ella. Si necesita medicación, debería poder recibirla. Si atraviesa una situación que requiere internación, también debería contar con una respuesta adecuada.

La prevención empieza mucho antes de que el problema explote. Implica reconocer señales tempranas, construir redes y lograr que médicos, docentes, familias y otros actores sepan cuándo una situación requiere intervención profesional. Esto no significa quitarle responsabilidad al individuo. Cada persona puede y debe cuidar su vida, revisar sus elecciones, cuidar sus vínculos y pedir ayuda cuando la necesita. Pero la responsabilidad individual no puede convertirse en la única respuesta frente a problemas que también tienen una dimensión social.

La resiliencia individual no puede convertirse en la excusa de una sociedad que no quiere cambiar.

Si una escuela genera sistemáticamente situaciones de violencia, hay que revisar qué sucede en esa escuela.

Si un trabajo enferma a sus colaboradores, hay que revisar las condiciones de ese trabajo.

Si un barrio deja a sus adultos mayores aislados, hay que revisar los vínculos comunitarios.

Si un adolescente vive sometido a una presión permanente, también tenemos que preguntarnos qué mundo le estamos ofreciendo.

Hablar de salud mental no debería significar solamente enseñarles a las personas a adaptarse mejor al mundo que les toca. También debería ayudarnos a pensar qué mundo estamos construyendo. La terapia puede ayudar a una persona a vivir mejor dentro de una sociedad. Pero una sociedad también tiene la obligación de preguntarse qué está haciendo para que sus ciudadanos puedan hacerlo.

Tal vez esto suene ambicioso o incluso utópico. Pero pensar la salud mental como una construcción colectiva no significa esperar una sociedad perfecta. Significa reconocer algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: cuidar la salud mental también implica cuidar los vínculos, las instituciones y las condiciones en las que vivimos.

*MN. 46424) psicóloga, especialista en psicoanálisis