Por Mariana Brus
Hay personas que ingresan a determinados espacios con la tranquilidad de saberse parte. Nadie cuestiona su presencia, nadie les pide explicaciones y nadie espera que demuestren por qué están allí. Simplemente pertenecen.
Otras, en cambio, deben justificar permanentemente su lugar.
En años de trabajo acompañando trayectorias educativas, he visto esta escena repetirse más veces de las que debería. Familias que llegan a una institución con expectativas, proyectos y sueños, pero que antes de hablar de aprendizaje o participación se encuentran explicando, argumentando y acreditando. Como si antes de ejercer un derecho fuera necesario demostrar que se es merecedor de él.
Hace tiempo que observo esta situación y cada vez encuentro una imagen que me ayuda a pensarla: la de la escuela como una aduana.
Las aduanas existen para controlar ingresos y egresos, para verificar condiciones y para decidir quién puede atravesar una frontera. Y aunque la escuela está muy lejos de ser una frontera, a veces ciertas prácticas nos invitan a preguntarnos cuánto queda de esa lógica en nuestras instituciones.
Porque no siempre las barreras son visibles. Muchas veces aparecen disfrazadas de preguntas aparentemente razonables. ¿Está preparado? ¿Podrá seguir el ritmo? ¿Será este el lugar adecuado? Interrogantes que, en determinados contextos, terminan trasladando la responsabilidad hacia quien busca ingresar, en lugar de interpelar al espacio que debería garantizar la participación.
Sin embargo, la cuestión trasciende ampliamente el ámbito educativo. Lo que está en juego no es solamente quién entra a una escuela, sino cómo entendemos la convivencia en una sociedad diversa. Si concebimos la diferencia como una excepción, seguiremos construyendo mecanismos de control, selección y validación. Si entendemos que la diversidad es una condición propia de toda comunidad humana, la pregunta deja de ser quién puede estar para transformarse en cómo construimos espacios donde todos puedan participar.
A veces pensamos que la inclusión depende exclusivamente de nuevas normativas, recursos o grandes reformas institucionales. Sin dudas, todo ello es importante. Pero muchas de las barreras que persisten tienen un origen más profundo y cotidiano. Habitan en nuestras expectativas, en nuestros prejuicios y en las ideas que sostenemos acerca de quiénes encajan naturalmente en determinados espacios y quiénes deben demostrar que son capaces de hacerlo.
Tal vez por eso los cambios más significativos comienzan cuando revisamos nuestras propias miradas. Cuando dejamos de pensar en términos de autorización y comenzamos a pensar en términos de pertenencia. Cuando comprendemos que los derechos no son premios que se obtienen después de superar ciertos requisitos, sino condiciones básicas para la vida en comunidad.
La escuela ocupa un lugar privilegiado en esta reflexión porque es uno de los primeros espacios donde aprendemos qué significa formar parte. Allí descubrimos si somos recibidos con confianza o con sospecha, si nuestras diferencias son reconocidas o simplemente toleradas, si se espera nuestra participación o únicamente nuestra adaptación.
Por eso cada vez estoy más convencida de que la inclusión no comienza cuando abrimos una puerta. Comienza mucho antes. Comienza cuando dejamos de actuar como guardianes del ingreso y asumimos la responsabilidad de construir comunidades donde nadie tenga que justificar su presencia.
Tal vez la pregunta que debamos hacernos no sea quién tiene derecho a entrar.
Tal vez la pregunta sea por qué seguimos creyendo que algunos deben demostrar que merecen estar.
Porque una sociedad verdaderamente inclusiva no se reconoce por las puertas que abre, sino por las que nunca debieron haber estado cerradas.
*Mgter. Mariana Brus
*Especialista en Educación Inclusiva y Derechos
Educativos
Fuente Foto culturainclusiva2021
