La columna de Paula Winkler

Diarios y literatura impresos ¿y/o digitales?


Por Paula Winkler

En la era digital y de la IAG casi todas las gestiones burocráticas personales pasan por las aplicaciones del celular. Son tendencia la autogestión y la suscripción a plataformas. Por tanto, leer hoy un diario no constituye la excepción. Y en la práctica resulta mucho más cómodo tener acceso a todos los periódicos del mundo, comparar noticias, estar al día. Así como Martín Lutero democratizó la religión distribuyendo la Biblia y permitiendo el auto albedrío sin pasar por el tamiz de la autoridad eclesiástica para que ésta fuera leída en lenguaje único, las redes, el internet y el uso de la IA como herramienta permiten completar el conocimiento. No se necesita ser lingüista ni experto en tecnologías para advertir que la lectura digital, sin embargo, difiere sustancialmente de la que hacemos respecto de impresiones en papel.

En efecto, leer un libro o un periódico impresos obliga a atender al texto, a comprenderlo a una velocidad que regula cada lector. El proceso de comprensión se ve facilitado a vuelta de página, en sentido de que podemos despejar dudas, sea acerca de la acción de un personaje, sea de alguna nota de opinión o ideas que nos quedaron en el tintero. Es común escuchar consejos en sentido de deshacernos de nuestras bibliotecas (hoy los departamentos que se venden o alquilan son más pequeños), total el material se colige de internet y hay miles de reseñas y opiniones sobre autores, periodistas, noticias y notas de opinión. Yo recibo el diario en papel impreso, lo hojeo y ojeo, comparo, vuelvo al artículo o a la noticia que me impactó para repasarlos, no solo por mi añeja preferencia sino porque tengo espacio para guardado del papel y de los libros. Es que el tacto, el aroma a tinta, el peso forman parte de una tradición casi ritual que algunas personas no estamos dispuestas a abandonar. Menos, a sustituir por un diseño de pantalla que abre y cierra pestañas, incluye publicidad molesta y requiere de un ir y venir veloz de lo que al fin pasa a ser un hipertexto. Se está hablando en filosofía últimamente de la era de la “posthistoria”, es decir de sociedades donde impera una idealización del sujeto individual, con escaso lazo social, en tanto se desinteresa de la corriente de la historia y prefiere la identificación del imaginario a la identidad simbólica y relacional. Solemos jactarnos de que el lector en este siglo se ha vuelto autónomo, en busca incluso del llamado “autoconocimiento”. A través de enlaces, se encuentran soluciones rápidas y se posibilita la analogía. Se dice que tal lector participa “activamente”, en tanto elige y hasta selecciona, copia y reescribe, comparte y reenvía. Y entre algunos autores y poetas, se ha incrementado la gestión cultural, atento a la cantidad de libros y poemarios que no alcanzan a tener la merecida (o no) visibilidad. Lo que no está nada mal, si no fuera que se confunde sobremanera la crítica de antaño con un márquetin simulado, que intenta presionar charlas y ventas e intercambiar favores, olvidando el valor intrínseco de la auténtica (y no improvisada) literatura. El oficio del periodista y el del escritor, el del poeta no nacen, se hacen. Entre periodistas, derribar discursos hegemónicos no necesariamente implica comunicar verdad… Los periodistas utilizan fuentes, averiguan, conocen, divulgan y transmiten. Tampoco hay improvisación posible.

Nadie negaría que digitalmente se lee a tientas y a locas, es decir, sin pausa. Por suerte, aún existen literaturas que resisten. Por caso, el noruego Karl Ove Knåusgard: una escritura de filigrana, generativa, descriptiva hasta el detalle que fomenta el goce lento de las palabras. Cuando se hace, en cambio, uso (y abuso) de la metonimia (reducción del todo por las partes a través de etiquetas, hashtags, etcétera), ello termina por resultar directamente proporcional a la desaparición del orden simbólico, que “renace” en los imaginarios, cuyo signo carece del parámetro de valor que acompaña siempre a la forma y a la existencia del signo triádico, a diferencia del binario. Problema adicional: los medios que por ejemplo realizan entrevistas presenciales o en pantalla a distancia, tienen a disposición un sistema de traducción simultáneo de la oralidad al lenguaje escrito. No obstante, se observan constantes errores de ortografía, párrafos incoherentes que nunca pronunció el entrevistado presencialmente o a través de los encuentros por pantalla. A menudo, en los créditos de programas televisivos se advierten errores análogos. La lengua, por tanto, está priorizando eficacia a eficiencia y se masifica la rapidez que de por sí banaliza los textos, incluso las noticias.

Mi sugerencia es que por adaptarnos a la irrupción de la imagen visual y a la velocidad imperantes en la vida cotidiana, no dejemos de leer impresiones en papel. Sobre todo, nuestros hijos y nietos. Aunque sea cada tanto…

Foto Portada La Nación