Por Paula Winkler
Hay infancias complicadas, basta con leer a J.M.Coetzee o prestar atención a las noticias locales e internacionales. Otras, que podrían ser preciosas por lo lúdicas y amorosas, terminan complicándose por la actitud de los padres, de las familias. Actividades extraescolares en demasía, fines de semana de aquí para allá, horas frente a las pantallas de un televisor, una tableta o jugando digitalmente convirtiéndose en avatares, han convertido a los chicos de la época en una suerte de proyecto al infinito, mediante el que los padres desplazan interna y activamente sus deseos maltrechos, creyendo que la crianza es un emprendimiento y el niño, una cosa. No un sujeto de derechos, una vida nueva que se debe a la existencia misma en lugar de un núcleo de ilusiones nuestras a futuro: se lo “prepara” para ser el mejor, el ciudadano autónomo y crítico difícil de encontrar ahora en el planeta o, en su caso, un ser humano libre de dificultades (y de límites). Como si la realidad no fuera un plexo de decisiones que se balancean entre lo que se quiere y lo que se puede, como si el niño fuera un futuro gimnasta y agente asegurado del “sálvese el que pueda”, sin necesidad de hacer lazo social y comprender de a poco su entorno, además de identificarse auténticamente a sí mismo.
Vivimos en el siglo de la autogestión, de los aspiracionismos “identitarios” y de la sobreestimulación. Se buscan héroes, no líderes serios ni estadistas ejemplificadores. Cunden ansiedades (ataques de pánico), histerias de conversión, confusión entre el relato, lo real y lo Real (lo imprevisible, catástrofes naturales, dramas, enfermedades). Memes graciosos estigmatizan situaciones tóxicas, mensajes impulsivos en cantidades extremas en redes coadyuvan a opinar, muchas veces sin conocer ni saber de lo que se habla o en debates superficiales, donde cada cual prefiere el salirse con la suya. Ni qué hablar de los bots, que operan en automático para la provocación y los seguidores fáciles. La cuestión es estar. Se ignora el pasado, existimos en un presente de futuro constante. Y los niños, observadores natos de su entorno, van lentamente absorbiendo toda esta locura. Locura posibilitada en las clases sociales de alto o medio poder adquisitivo, aunque la pobreza en recursos y dinero no empece a la adhesión a celulares y a las redes. Todos ensayan con la IA, le consultan problemas delicados de salud física o mental. Las fábulas y los cuentos para niños, la tradición en la cultura infantil son reemplazados por protocolos. Atento a esta falta de sensatez, se necesitan reglas que guíen, en la burocracia privada o pública, a funcionarios y profesionales, a educadores y estudiantes. Se unifican actitudes, lenguajes. ¿Se han puesto a pensar que se suele preguntar si tenemos hijos, nietos, bisnietos? El verbo es significativo, ojalá fuera un semema apenas coloquial. Sin embargo, si nuestros hijos, nietos o bisnietos son como las cosas que se diseñan para nuestro goce, su educación es vista como un emprendimiento en lugar de un estadio amoroso de encuentros, abrazos, atención ¡y límites (la realidad se encargará de negarles deseos, respectos de los que su habilidad en la madurez y en su caso, consistirá en poder insistir calmadamente en ellos)! El presente, al fin, sobre la base de una mera ilusión proyectada a un futuro incierto y efímero terminará con las mejores intenciones parentales.
Vuelvo al comienzo: hay infancias difíciles, sea por el perfil familiar, sea por el contexto social y económico que pone en riesgo toda subjetividad. Otras, que podrían en cambio, ser una etapa de juego, acercamiento al lenguaje y búsquedas en paz, pierden su placer intrínseco por cumplir cientos de actividades deportivas y artísticas, escolares y extracurriculares. Activos, debemos estar activos… Así, incluso para cerrar la nota, no estaría mal el preguntarse si ir de vacaciones, contemplar el crecimiento infantil, cuando menos esto último necesita ser fotografiado a cada rato para dejar testimonio. ¿Vidas personales en el márquetin de las redes para qué? Desde luego, los documentales siempre interesan a las futuras generaciones y los recuerdos nos hacen felices a familias enteras. Pero no hay que exagerar: las aceleraciones hacia no se sabe qué en concreto y la creencia de que tu hijo es un proyecto al tiempo que su crianza y educación, un emprendimiento con protocolos copiados de lecturas superfluas y consejos de lugar común solo conllevarán a que nuestras próximas sociedades se tornen menos comprensivas, más egoístas, desinformadas y, sobre todo, vulnerables.
Foto etapainfantil.com
