Por Andrea Albertano

RosaChina: la memoria afectiva de los objetos cotidianos


Por Andrea Albertano

Entre enlozados, vajilla heredada, muebles rescatados y carteles recuperados de viejos almacenes, María Fernanda y Pablo construyeron mucho más que un emprendimiento de objetos antiguos. En RosaChina, cada hallazgo funciona como un puente hacia historias familiares, comidas compartidas, pueblos ferroviarios y recuerdos que parecían olvidados.

Lejos de la solemnidad de las vitrinas, Fernanda reivindica los objetos que fueron usados, reparados y transmitidos de generación en generación: las fuentes donde se preparaba el pastel de papas, las jarritas convertidas en floreros, los mantelitos cuadrillé y los enlozados marcados por el paso del tiempo. Inspirada por las mesas de sus abuelas y por una profunda fascinación por los «cacharros» cotidianos, creó junto a Pablo un universo donde la nostalgia es una forma de preservar la memoria.

Porque, como ella misma sostiene, cuando la vajilla adecuada llega a una mesa, siempre hay alguien que recibe «la varita mágica de la nostalgia» y comienza a contar historias. De ese vínculo entre objetos, afectos y memoria conversó con JuAn Delicias Magazine.

-¿Qué olor, textura o recuerdo de infancia asociás inmediatamente con tu amor por los cacharros? ¿Cuánto tuvo que ver la mesa familiar en tu conexión emocional con los objetos antiguos?

-Mis dos abuelas marcaron mi vínculo con los objetos, aunque de maneras muy distintas. Dora tenía vajilla europea que se reservaba para ocasiones especiales; Ida, criada en el campo, usaba todos los días platos Rigopal, enlozados, tablas y utensilios de cocina. Rosachina tiene mucho más de esa segunda mirada: la de los objetos que acompañan la vida cotidiana y las comidas compartidas. Cuando alguien me dice que va a hacer un pastel de papas en una fuente antigua, siento que entendió todo. También recuerdo los platos ilustrados de mi infancia; me pasaba horas mirándolos e inventando historias. De alguna manera, sigo construyendo el universo de Rosachina a partir de esos recuerdos.

-¿Qué lugares del país sienten más fértiles para encontrar tesoros escondidos?

-No recorrimos todo el país, pero encontramos una gran riqueza de objetos en Entre Ríos, Santa Fe, el sur de Córdoba y especialmente en el interior de la provincia de Buenos Aires. Los pueblos vinculados al ferrocarril suelen ser los más interesantes porque alrededor de las estaciones crecían almacenes, hoteles, ferreterías y comercios donde todavía aparecen muebles, vajilla y objetos antiguos. Muchas veces nos llaman cuando un negocio cierra y podemos rescatar parte de esa historia antes de que desaparezca.

-¿Cómo se reparten los roles entre vos y Pablo dentro del proyecto?

-Los roles están bastante definidos. Pablo se ocupa de la restauración de muebles y de toda la carpintería, mientras que yo llevo adelante la comunicación, las redes, las fotos y las ambientaciones. Después compartimos la atención al público, los envíos, las compras y toda la logística que hay detrás de Rosachina. En los viajes de búsqueda todavía nos encontramos con situaciones muy machistas: muchas veces los vendedores se dirigen únicamente a Pablo, incluso cuando las decisiones las tomamos entre los dos. Por eso él suele llevar adelante las negociaciones, no porque sea una elección, sino porque muchas veces a mí directamente no me registran.

-¿Hablemos de piezas para cocinar, qué tiene el enlozado que despierta tanta fascinación hoy?

-Creo que el enlozado representa algo que hoy vuelve a valorarse: la abundancia, la comida compartida y cierta nostalgia ligada a la cocina de todos los días. Además de ser práctico y resistente, tiene una estética cálida que remite a la infancia y a las mesas familiares. También es un objeto cada vez más difícil de encontrar en buen estado porque fue pensado para el uso cotidiano. A eso se suma el valor de la industria nacional, representada por fábricas como Capea y Ferrum, que formaron parte de la historia de muchísimas casas argentinas.

-¿Tenés alguna pieza en tu casa que jamás venderías?

-Tenemos muchos objetos que no vendemos. Decimos que son regalos de «San Ciruja», el patrono de las cosas encontradas. Cuando aparece algo en un volquete o abandonado y nos enamora, suele quedarse en casa. Conservamos especialmente piezas vinculadas al ferrocarril, como llaves, platos o una bacha con el sello del Ferrocarril del Sur, porque nos conectan con nuestros abuelos ferroviarios.

También guardamos carteles de almacenes cerrados que muchas veces nos regalan sus dueños, y objetos que remiten a las vajillas de nuestras abuelas. Además preservamos libros contables y documentos de antiguos almacenes y ferreterías. Más que una colección personal, son la prueba de todas las historias y recorridos que forman parte de las búsquedas de Rosachina.

-¿Cómo imaginás una mesa ideal armada por Rosachina?

-Siempre imagino una mesa cálida y cargada de recuerdos. Me gustan los mantelitos cuadrillé, los enlozados, las jarritas usadas como floreros o para los cubiertos, y las fuentes con presencia. También disfruto combinar distintas vajillas en lugar de usar juegos completos.

Lo que más me interesa es que los objetos despierten historias. Cuando alguien come en una mesa armada con vajilla antigua, suele aparecer lo que llamo «la varita mágica de la nostalgia»: empiezan los recuerdos, las anécdotas familiares y las conversaciones sobre otros tiempos. Creo que la vajilla tiene la capacidad de acompañar esos momentos e incluso de cambiar la manera en que recordamos una comida.

-¿Qué sueños tienen para el futuro del proyecto?

-Nos gustaría desarrollar una línea propia de productos inspirados en la tradición italiana y en los objetos que forman parte del universo de Rosachina. También soñamos con crear un espacio en algún pueblo del interior bonaerense, algo parecido a un almacén de ramos generales, donde las personas puedan conocer el lugar donde nacen nuestras búsquedas.

Otro proyecto que siempre vuelve es el desarrollo de muebles y objetos propios: racks para exhibir platos, tablas para amasar, bateas y accesorios para pastas realizados con madera recuperada. Son ideas que siguen creciendo y que forman parte de todo lo que imaginamos para el futuro de Rosachina.

Fuente Juan Delicias Magazine