Por Marita Galano
En el año 2013 se estrenó en Estados Unidos una película llamada “Her”. Era la historia de un hombre que, en pleno proceso de divorcio, adquiría un sistema operativo basado en inteligencia artificial. Sí, hace 13 años, cuando todavía ni siquiera imaginábamos el alcance que tendrían estas herramientas, en ese momento la película parecía pura ciencia ficción.
La temática cuenta que a medida que el protagonista comenzaba a interactuar con este sistema operatvio, iba creando un vínculo hasta enamorarse de esa voz -interpretada por Scarlett Johansson – a quien el protagonista bautizó como “Samantha”.
Recuerdo que cuando ví el film, que tuvo 5 nominaciones en los Premios Óscar y ganó el premio a Mejor Guión Original, pensaba: “¿Cómo una persona podría generar una relación emocional con una máquina?…
Actualmente, en el año 2026, estamos mucho más cerca de esta realidad de lo que suponíamos. ¿Cuántas personas hoy consultan sobre su vida sentimental, sus angustias o sus problemas emocionales a sistemas de IA?. ¿Cuántos hombres y mujeres, no se animan a hablar con un amigo, un familiar o incluso un terapeuta, y buscan refugio en un algoritmo que siempre responde?.
Quiero decir algo con total honestidad: soy fan de la inteligencia artificial. Todo aquello que pueda facilitarnos la vida, ayudarnos a trabajar mejor y/o expandir nuestras posibilidades, para mí es bienvenido. Y estoy completamente dispuesta a aplicarlo. Pero también hay algo que tengo muy claro: ninguna modelo algorítmico va a reemplazar jamás el abrazo de un padre, la mirada de un amigo, la sonrisa cómplice de tu compañer@ de trabajo, ni el silencio reparador de tu terapeuta cuando volvés a contarle, una vez más, eso que todavía te duele.
Porque no somos máquinas, no somos un software. Somos seres vivos, emocionales, vulnerables. Y aunque la tecnología avance, hay algo que sigue siendo irremplazable: el contacto humano.
No desperdiciemos nuestra vida escondidos detrás de una pantalla. Amemos. Construyamos vínculos sanos. Aprendamos a pedir ayuda, a escuchar, a mirar a los ojos, a estar presentes. Porque quizás el mayor riesgo de esta época no sea que las máquinas se parezcan cada vez más a los humanos…sino que nosotros comencemos a vivir como máquinas.
