La columna de Paula Winkler

¿Ser o no ser (políticamente correctos)?


Por Paula Winkler

Der Spiegel, periódico semanal alemán que durante los sábados aparece, además de digitalmente en forma impresa, informa hace unos días acerca de una marcha recordatoria en el país germano de aquel “ich kann nicht atmen”, “I can´t breathe” (no puedo respirar), que pronunciara con desespero el 25 de mayo de 2020 antes de morir, un hombre arrestado con manifiesto abuso de autoridad. El hecho inspiró “Respirare. Caos y poesía”, un conocido ensayo del filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi, publicado el mismo año, cuyo estilo sarcástico y provocador referido al planeta (sobre todo, a Occidente), cuando menos a mí, no me asombró en modo alguno: vengo diciendo (y escribiendo) que la excelencia de la Filosofía no es precisamente continuar de momento pensando solo la metafísica, aunque no me olvido de los clásicos griegos ni de la retórica jurídica romana, de las enseñanzas de los Jesuitas ni de los principios en que supo abrevar el Padre Ismael Quiles cuando estudió el pensamiento chino para historizar sus saberes; de los modernos ni de las polémicas mónadas de Godofredo Leibniz, etcétera.

Entre guerras que parecen eternas, elecciones en democracias convulsionadas y duermevelas ciudadanas, se necesita, a mi juicio con urgencia, que recuperemos nuestros significantes. Sería auspicioso pensar no solamente en un bienestar romantizado merced a felicidades individuales impostadas y, sobre todo, habría que diferir un poco ese estilo políticamente correcto, que varía según la época: no se juzga, no se toma partido o se polariza sobre la idea de considerar que hay blanco y negro nomás. Con esta actitud se arriba a alguna pequeña verdad dentro de aquellas de las que hablaba Friedich Nitzsche. Es decir, una cosa es ayudar a vivir y otra colaborar a fin de que el mundo continúe girando y dañando; total, nosotros sobrevivimos y tal.

Berardi fue invitado por APA – la asociación argentina de psicoanálisis, que nuclea a los freudianos en el país -, y según supe por comentarios de algunas excelentes profesionales asistentes a su charla, causó el estupor que suele producir siempre el italiano en sentido de que canta sus verdades respecto de cierto “humanismo” cínico (aquel que utiliza la ontología para filosofar, proponer leyes a su único y adverso entender; para generar largos debates banales y hasta para divulgar poemarios y canciones propias, etcétera). Algunas personas, en cambio, no participamos de ninguna actitud políticamente correcta, por razonable hartazgo. Creemos, al contrario, profunda e íntimamente, ya no digo en la honradez plena y sustancial de la gente o de la “rescatada” por algún terapeuta (los terapeutas son psicólogos o entrenadores ontológicos, cognitivistas, a veces eficaces, pero no psicoanalistas), sino que confiamos, digo, sin tapujos, también en nuestras sombras. Nos hacemos responsables y no olvidamos nuestro inconsciente en ningún diván a modo de diferimiento de nuestra propia historia. Y todavía así, conservamos la ligera esperanza que hace sobrevivir al más cuerdo de este mundo: ¿valentía o mirada atenta?

A propósito del polémico Berardi, yo lo asocio con Charles Bukowski, el conocido poeta y narrador norteamericano, que se asombraba de que creciera la población en el planeta aunque ahora, en las sociedades occidentales en su mayoría, ya se está hablando de un “invierno demográfico”, con las obvias consecuencias en los sistemas previsionales y el dolor que ello provoca a la mitad más uno de la población.

Vuelvo a la nota que he leído en der Spiegel que comento en el inicio y aclaro: no soy “abolicionista/garantista” (en el derecho penal, pero tampoco una loca de atar que no respeta la Constitución ni las garantías que la misma consagra); habiendo nacido en el Sur no pienso como si fuera del Norte, aunque mi padre fuera alemán (y lea la prensa local y alguna internacional). Quizá por mi experiencia, y mi edad, no confío demasiado en quienes evitan juzgar sobre la base de querer aconsejarnos cómo vivir para ser felices. Mientras tanto, no solo aquí, continúan los femicidios, los abusos de autoridad y ataques a los migrantes; las hambrunas, los bombardeos. Se trata nada más (y nada menos) de que nuestra dignidad sea sostenible, de amar al prójimo y de juzgar, aunque más no sea en nuestros comentarios, cuando tal dignidad se encuentra en auténtico riesgo.

Tal vez para transitar la esperanza y nuestro bienestar, deberíamos abordar primero cierto escepticismo con los ojos abiertos: ¡deconstruir ficción y realidad también en lo cotidiano!..