A Mariana Retamozo le gusta estar en el taller de carpintería de El Obrador o en cualquier sitio que le permita hacer lo que empezó a aprender en ese centro cultural hace diez años. Los días que trabaja le pesan menos. Le gustan las máquinas y el olor, experimentar, distinguir entre las maderas cuál es cuál, y alcanzar “la sensibilidad” que tiene cada una. Pero lo que le gusta sobre todo es salir por la ciudad con su hija Abigail y señalar los edificios de la Biblioteca Argentina Juan Álvarez, el Museo de Arte Decorativo Firma y Odilo Estévez y el Palacio Municipal para contarle que ella trabajó ahí y que muchas de las maderas de esos espacios pasaron por sus manos.
“Mi papá era carpintero”, dice y agrega: “Debe ser de herencia”. Un dato que podría explicar su curiosidad por el oficio pero que ella desliza recién cuando la charla está bien avanzada. De hecho, Mariana llegó al Centro Cultural El Obrador, que funciona en el Pasaje Espinillo 4250, detrás de los barrios Triángulo y Moderno, con su mamá y su hermano hace más de diez años e integró la primera camada de jóvenes que participaron en el Programa Nueva Oportunidad. Desde entonces, no dejó de frecuentar el taller, incluso cuando se fue del barrio y se mudó a Santa Lucía, donde vive actualmente. Tiempo después de egresar de ese espacio de formación inicial, fue parte del llamado Nexo Nueva Oportunidad donde avanzó sobre procesos de producción y conformó, con otros participantes, el grupo ‘Los 6 amigos’, a partir del cual gestionaban trabajos a particulares.
“De los seis quedé yo, porque los varones consiguieron trabajos en empresas -cuenta-. A las mujeres nos cuesta más, no nos toman, aunque tengás asistencia perfecta y seás puntual. Parece que los varones sirven y las mujeres no”.
Las máquinas que tanto le atraían no fueron el único desafío. “Me llamaba la atención la carpintería porque soy pésima en matemáticas y acá había que tomar medidas y saber cómo hacerlo”, recuerda sobre eso que aprendió con el tiempo.
Las primeras medidas las tomó para hacer un roperito para su hija. “Ella lo necesitaba y me lo pedía y lo hice. Tenía dos puertas y duró varios años y varias mudanzas”, explica, no sin admitir que le dio “bastante trabajo”.
La difusión del grupo en redes sociales, sobre todo Facebook, ayudó: llegaron pedidos para otras instituciones del barrio y de más allá también. Lo primero que cita son 20 eleva monitores para una empresa y el mobiliario para la remodelación de un bar. Después surgió el trabajo en la Biblioteca Argentina. “Ahí del grupo ya quedaba yo sola”, cuenta sobre la tarea que llevó adelante junto a quien fue y sigue siendo su maestro, Leandro Cortés. “Estuvimos más de un mes haciendo cajones y estantes para la remodelación”, detalla sobre el edificio de Presidente Roca 731, adonde concurrieron “hasta los fines de semana”.
“Me gustaría tener mi local propio, poder comprarme las herramientas y poder darle trabajo a otros, yo poder ser la patrona”, resume sobre lo que quiere para vivir entre el olor de la madera. “Ese olor, no te das una idea lo que es”, insiste. Mariana quiere mostrar lo que aprendió y ahora sabe hacer, se lo quiere mostrar a su hija y también a otros, como una forma de reafirmar el lugar de donde viene. “Me dijeron muchas veces que no iba a poder, que no valía”, revela y concluye: “Acá me dieron las palabras para seguir adelante, me estoy terminando mi casa y éste es mi trabajo”.


