La reconocida escritora española Irene Vallejo, al final de su libro «El infinito en un junco», dedica unas palabras a los lectores bajo el título «Nota para la tribu del junco» y en ellas recuerda de forma amorosa a su abuelo y una enseñanza que vale la pena practicar.
Dice la autora: «En uno de mis recuerdos de infancia favoritos, camino agarrada de la mano grande de mi abuelo, con el dorso salpicado por esas pecas amarillas que pinta la edad. A su lado, sentía una seguridad absoluta. No solo cuidaba de mi, tenía un instinto protector universal e indiscriminado.Lo veo agachado, en la calle, intentando encajar la tapa de una alcantarilla o recogiendo de la acera cáscaras de frutas para ahuyentar un posible accidente. Comprobando si los andamios de un edificio en obras eran seguros. Cargando cubos de agua desde su casa para regar los árboles que agonizan de pie en los terribles veranos de Zaragoza. Mi abuelo quería impedir los males que se podían evitar, quería salvar a los desconocidos, a las plantas, a todo el mundo.Queria corregir y remediar todos los caos. Cuando había neutralizado la amenaza de una traicionera piel de plátano abandonada en la acera, me decía: «Ves? El bien no se nota. Alguien se va a librar de tropezar aqui, caerse y romperse la pierna y no se va a enterar». Este libro trata sobre personas como mi abuelo. Sobre los salvadores invisibles. Sobre la destrucción que alguien evitó con el esfuerzo mudo. Sobre el caos que pudo ser y no fue. Sobre el bien que no se nota».
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Crédito: Santiago Basallo
