Opinión.de Ivana Ludueña

Venezuela: la estructura contemporánea del despojo.


Por Ivana Ludueña

A veces me pregunto para qué escribo. Y me respondo: escribo para tratar de responder las preguntas que zumban como moscas tenaces en mi cabeza, perturbando mi sueño…

El 3 de enero llego la noticia de que Estados Unidos había “capturado” al presidente venezolano Nicolás Maduro…

No sé si lo que voy a escribir vaya a cobrar algún sentido colectivo, solo voy a expresar mis ideas y experiencias propias que quizá ayuden a entender este contexto actual.

Venezuela reposa sobre los yacimientos petrolíferos más grandes de Latinoamérica. Un imán poderosamente atractivo resulta este “oro negro”.

A lo largo de la historia del petróleo fuimos testigos de cómo uno de los “cárteles” más poderosos del mundo iniciados allá por 1928 en algún castillo al Norte de Escocia, levantaron y destronaron reyes y presidentes en todas las comarcas y en todos los idiomas decidiendo el curso de guerras y de paz, con un simple lápiz sobre el mapa del mundo.

Venezuela no es la excepción y he aquí el Quid de la cuestión. Este hermoso país al que alguna vez algún conquistador se atrevió a describir como el “paraíso terrenal”, tiene la desgracia del petróleo en su subsuelo. Y desde allí a esta parte, una larga historia de hazañas, maldiciones, infamias y desafíos…

La historia de Venezuela en las últimas décadas parece condensar las tensiones más profundas de América Latina: la riqueza natural convertida en maldición, la lucha entre proyectos políticos antagónicos y la persistente fragilidad institucional. Eduardo Galeano, en su libro “Las venas abiertas de América Latina”, advertía que “la riqueza del suelo ha sido la pobreza de los pueblos” —una frase que resuena con fuerza ahora, donde el petróleo, lejos de garantizar prosperidad, se transformó en un recurso que alimentó la dependencia, la corrupción y la disputa por el poder.

El colapso económico y social que atraviesa esta hermana nación no puede entenderse sin esa paradoja histórica: la abundancia de recursos que, en lugar de liberar, ata. La crisis actual —hiperinflación, migración masiva, deterioro de servicios básicos— es la expresión contemporánea de esas “venas abiertas” que nunca cicatrizaron.

Mario Vargas Llosa, plantea en varios artículos y ensayos compilados en el libro “Sables y utopías”, con una mirada complementaria que el drama latinoamericano se vincula con la tentación de las utopías autoritarias, con la creencia de que un líder providencial puede encarnar la voluntad del pueblo y resolver sus males. Venezuela se convirtió en escenario de esa tensión: un proyecto político que se proclamó redentor, pero que terminó derivando en concentración de poder, debilitamiento de las instituciones y represión de la disidencia. Vargas Llosa advierte que “las utopías, cuando se imponen por la fuerza, suelen convertirse en pesadillas”. Esa frase parece escrita para describir la actual deriva venezolana.

La conjunción de ambos diagnósticos —el de Galeano y el de Vargas Llosa— ilumina el presente. Por un lado, la herida histórica de la explotación y la dependencia económica; por otro, la tentación de las soluciones autoritarias que prometen justicia, pero terminan negando la libertad.

El sufrimiento de millones de venezolanos que han debido abandonar su país, buscando refugio en Colombia, Perú, Argentina y otros lugares, es la consecuencia humana más visible de esta crisis. Galeano recordaba que “la historia de América Latina es la historia del despojo”, y ese despojo se traduce ahora en la pérdida de hogares, de proyectos de vida, de la posibilidad de permanecer en la tierra propia. Vargas Llosa, por su parte, insistía en que la democracia, con todas sus imperfecciones, es el único camino para evitar que las utopías se transformen en dictaduras.

Pensar en Venezuela es pensar en la necesidad de reconciliar justicia social con libertad política. No basta con denunciar el saqueo histórico ni con rechazar las promesas mesiánicas: se requiere construir instituciones sólidas, capaces de resistir tanto la tentación del mercado depredador como la del poder absoluto. La lección que deja Venezuela es amarga pero clara: sin democracia, la riqueza se convierte en botín; sin libertad, la justicia se convierte en consigna vacía. Ni mencionar, la injerencia -estimo arbitraria- de Estados Unidos, que en nombre de esa democracia y esa libertad busca satisfacer sus propios apetitos de oro negro, convirtiendo a Venezuela en otra estrella más en la constelación de su bandera.

Que esto sea una lúcida advertencia, que dibuja en nuestro mapa lo que podría suceder en otros países de la región si no se aprende de esta experiencia.

Las venas abiertas siguen sangrando, y las utopías, cuando se imponen con sables, siguen siendo trampas.

Hay quienes creen que los destinos de las naciones descansan en las fuerzas del cielo, pero la verdad -creo yo- que los destinos trabajan “como un desafío candente” -parafraseando a Galeano- sobre las conciencias de los hombres.