Vencer el vacío y el sentimiento de soledad


Recuerdo que hace más de díez años escribí algo sobre la soledad. Lo hice luego de realizar un recorrido por las sierras centrales argentinas recabando información sobre los indios comechingones. Terminamos el viaje en la colonia alemana de Villa General Belgrano, en Córdoba, y al atardecer visitamos el templo católico de esa ciudad del Valle de Calamuchita y fuimos testigos y participantes de una misa muy linda (fue siempre mi costumbre asistir a templos de diversas religiones). En determinado momento, el sacerdote invitó a los presentes a realizar peticiones en voz alta. Unos pedían por familiares o conocidos enfermos, otros por personas en situación afligente, otros por el alma de un muerto. El religioso tras cada pedido elevaba una breve plegaria y toda la asamblea decía “amén”. De pronto se hizo un silencio, nadie pedía nada y  un señor que estaba en una de las primeras hileras de bancos lo rompió diciendo: “Pido por los hermanos que están en soledad”. Me conmovieron esas simples, pero sentidas palabras. La plegaria del sacerdote sonó distinta, tan distinta como el amén de todos los presentes. Ese momento no lo olvidaré jamás. Aquel señor, esa asamblea, me hicieron comprender que siempre hay alguien, en algún lugar, que se acuerda y pide por las almas traspasadas por el vacío.

La soledad es la daga filosa y cruel de un monstruo que puede matar si no se está preparado para la batalla. Soledad, hidra que lo arrastra a uno hacia el pozo de las sombras. Y más filo tiene esa daga, más acentuada es la soledad, cuando es en compañía de un causante de ella o de alguien que permanece indiferente ante ese devastador sentimiento. Entonces se produce un doble sufrimiento: por un lado el vacío y por otro la angustia al advertir que la compañía o es el factor determinante del sombrío sentimiento, o es indiferente ante tal.

Es menester siempre vencer a la soledad que quiere quedarse para siempre, porque un poco de soledad enseña, pero demasiado mata. Alguien decía que «la soledad es un buen lugar para encontrarse, pero uno muy malo para quedarse»

El sentimiento de soledad, el vacío existencial, son fantasmas sin poder. Nadie estará absolutamente en soledad mientras comprenda y acepte, como verdad incontrastable, que hay muchas personas, a cada instante, que piden, como ese señor de mi historia, “por los hermanos en soledad”. Ninguna persona estará absolutamente en soledad cuando sea capaz de descubrirse a sí misma,  cuando acepte que un orden espiritual superior está con ella y que muchas personas y seres vivos, en el mismo instante de su soledad, la necesitan. En algún lugar, siempre, alguien está deseando su presencia y aguardando su arribo. Vencer a la soledad implica, no obstante, reconciliarse con el amor, con el deseo, con la vida y la esperanza.

(Candi)