Por Paula Winkler
Hace pocos días la aparición en el Barrio Chino y en Barrancas de Belgrano de este grupo humano, identificado voluntariamente con perros, zorros, lobos, felinos asombró y acaso confundió a los caminantes habituales y a visitantes de la zona. Incluso algún perro ladró al therian-perro que lo azuzaba haciendo acrobacias y piruetas.
Revelan en algunos periódicos que este fenómeno de reciente aparición en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se repite en Montevideo y Distrito Federal de México.
Ignoro si estas conductas ocultan hartazgo social por parte de estos jóvenes, necesidad imperiosa de llamar la atención, identificación subjetiva con seres sientientes no humanos, es decir con animales, o el mero resultado de convocatorias en las redes dispuestas a configurar nuevas tribus urbanas sobre la base de cuestiones internas no resueltas.
Se sabe hasta ahora que estos humanos usan máscaras y cola, que saltan y hacen acrobacias, desafían a perros y gatos y dicen ser animales. No debe confundirse a este grupo con algún otro, como ocurrió en Japón y se trasladó al mundo: los animé, que reproducen personajes del cine de animación. Tampoco, con los fanáticos seguidores de cantantes que toman de prestado sus personalidades, imitándolos en el vestir, etc. Los therians no se basan en personajes de ficción y no parecen imitar (aunque lo hacen). A mi juicio, se trata de una silente protesta, de una suerte de metamorfosis subjetiva y temporal extraña. Después de todo, la época parece normalizar guerras, genocidios, catástrofes; la incertidumbre global es insoportable.
La palabra “therian” surge de “therianthropy”, que designa a un humano metamorfoseado (bestia/persona). Más allá de la mitología, este fenómeno podría remitirnos incluso por analogía a Gregorio Samsa, el personaje de Franz Kafka que se transforma dolorosamente en alimaña. Puede que este colectivo sea pasajero, que redunde en el recuerdo de una subcultura como la gótica, que solía administrar librerías y negocios especializados aquí, en Manhattan, en varias ciudades. Puede que desaparezca pronto o quede para expresar algo invisibilizado: hartazgo social y simpatía por contraste (adversa a lo humano en tanto la existencia es depositada en animales).
Lo que sí desvela el hecho mismo de los therians es ese afán voluntarista y de autogestión propios del siglo, derivas de una mala lectura de Michel Foucault, en sentido de que en la vida (dicen) podés ser y conseguir todo aquello que querés. Dicho de modo amable, no solo los therians sino los que no lo somos deberíamos recordar el título de aquella canción de los Rolling Stones “You cannot always get what you want” y atender seriamente los pliegues profundos (y dolorosos) de nuestro yo. Suele haber mucho más tras estas estéticas de la rebeldía. En lugar de normalizarlas, sería auspicioso averiguar qué les pasa a estos jóvenes que se mimetizan con animales, qué nos sucede al resto de los mortales…
