Historias que merecen ser contadas

“Soñar sin limites”, un libro que invita a conocer historias de vidas.


Fonbec (Fondo de becas) presenta un libro que, bajo el titulo “Soñar sin límites” narra 16 historias de jóvenes que de chicos atravesaron situaciones difíciles, algunas traumáticas, que los hicieron más vulnerables. Pasar muchos años en la pobreza, sufrir la separación de sus padres o el abandono de alguno de ellos, ser víctimas de violencia y padecer la muerte de seres queridos son algunas de las dificultades que más se repiten en los testimonios.
Todos los protagonistas de este libro tienen talentos y potencialidades que los hacen únicos e irrepetibles. Sin embargo, la urgencia por superar obstáculos hizo que sus atributos permanecieran escondidos por un tiempo hasta que a partir del encuentro con un otro, por fin, salieron a la luz.

Para que estos chicos pudieran sobreponerse al dolor y aferrarse a la vida, fue fundamental haber contado con la presencia de adultos significativos que no miraron para otro lado, sino todo lo contrario: desde el amor y la generosidad posaron atentamente sus miradas sobre ellos, los aceptaron y los escucharon.
A veces, esos adultos significativos pueden ser los padres, otro familiar, un docente, un amigo mayor o una institución. La valoración, el afecto, el amor, el apoyo, el respeto y el ejemplo son elementos valiosos y positivos para ofrecerle a un niño y ayudarlo a construir una autoestima fuerte, valorizada y con recursos humanos, espirituales y emocionales para el devenir.

Lo que definitivamente une a estos 16 jóvenes es la profunda vocación por estudiar para ser alguien en la vida, para no quedarse estancados, para no repetir historias, para encontrar su lugar en el mundo. En la mayoría de los casos, esa certeza de que el estudio es el camino ineludible para concretar esas aspiraciones la reciben como un legado de alguno de sus progenitores o de ambos, quienes, por dedicarse al trabajo, no tuvieron otra opción que abandonar la escuela. Entonces, con mucho orgullo esos jóvenes asumen ese desafío.

Con todos sus problemas a cuestas, desde muy chiquitos entendieron que la escuela no solo es un lugar para aprender, tener buenas calificaciones y hasta ser abanderados o escoltas, sino que también es un refugio para hacer amigos, para compartir sus penas y sus alegrías, para generar complicidad con algún docente, preceptor, director u otros empleados que les abrieron los brazos sin condicionamientos. Les dieron entidad, los hicieron sentirse útiles, valoraron y validaron cada una de sus palabras. Y en ese ámbito de confianza, de admiración y de empatía, estos jóvenes se fueron afirmando hasta animarse a soñar en voz alta.

A partir de ese reconocimiento, comenzaron a sentirse más seguros de sí mismos y de estar recorriendo el camino correcto, más allá de los impedimentos que pudieran aparecer en medio del trayecto. Porque como siempre ocurre, nada es lineal, puede haber altibajos y, en todo caso, es imprescindible no solo mirar el resultado final, sino cómo fue ese proceso: lo bueno, lo malo, la gente que apareció en la ruta, las adversidades que se fueron suscitando y cómo estas se abordaron. Y poder ir rescatando los pequeños logros en medio de ese viaje.

Con estudio, amor, perseverancia, coraje y esfuerzo, estos jóvenes se fueron embarcando en cada uno de sus objetivos. Algunos ya los alcanzaron y van por nuevos sueños. Otros se encuentran en la mitad del camino. Están aquellos a los que les falta cada vez menos y, también, aquellos que se encuentran dando sus primeros pasos. Pero todos tienen claro cuál es el sentido de la vida que los guía, la misión que los enfoca, lo que día a día los motiva. Estas historias, como tantísimas otras, demuestran que una infancia dolorosa no nos condiciona para poder rearmarnos, resurgir, renacer, redescubrirnos y soñar con tener una vida mucho más placentera para, en definitiva, poder encontrar un lugar en el mundo.

Felicitaciones por la labor que llevan adelante día a día.