Por Luciana Fernández Blanco
Los consumos culturales – recreativos de niños, niñas y adolescentes continúa siendo una de las
preocupaciones centrales en la agenda educativa actual. El caso específico de las rutinas frente a las
pantallas es una inquietud reiterada de padres y maestros, quienes advierten que la sobreexposición a
redes y juegos virtuales deriva, en ciertos casos, en problemas como: conductas adictivas, aislamiento,
ansiedad, déficit de atención, irritabilidad, entre otros.
Con frecuencia, conocemos anécdotas sobre niños de nivel inicial – (pre escolar) que sostienen tiempos
de juego cada vez más cortos; o sobre padres que avisan que su hijo “va cansado a la escuela” porque
jugó hasta la madrugada en línea. Señales como estas nos llevan a hacer foco en una educación que
priorice el uso responsable de las tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), tema que
reúne abordajes interdisciplinarios, desde la neurociencia, la pedagogía y la psicología, por nombrar sólo
aquellas áreas que se ocupan del tema de modo más directo.
Ahora bien, esbozadas “a vuelo de pájaro” los inquietudes en torno a los contenidos y rutinas infanto-
juveniles en ratos de ocio, surge la oportunidad de darnos una vuelta por el mundo “off line”, ese que
late más allá de los algoritmos. Y entonces, podemos pensar o repensar el aporte de algunas prácticas –
la lectura entre ellas – que enriquecen la experiencia infantil / juvenil y que pueden complementar los
tiempos e identidades digitales.
En otras palabras, no se trata, de “censurar” el “mundo on line” de los chicos (en el que crecieron y del
que se apropiaron con naturalidad), sino de vislumbrar la importancia de otras vivencias, en particular,
las que habilitan los espacios dedicados a la lectura libre, por fuera del ámbito escolar. Se trata también
de considerar la oportunidad de ayudarlos a construir un hábito lector teniendo en cuenta, de nuevo, un
factor decisivo y transversal: el necesario acompañamiento de los adultos responsables en este, así como
en otros procesos de descubrimiento y aprendizaje, (sean estos virtuales o presenciales.)
Eso es lo que señala, entre otros autores, Graciela Bialet en su bello libro Prohibido leer: “formarse
como lector requiere de un aprendizaje mediado culturalmente por otros lectores”, asumiendo que no se
hace referencia con esta reflexión sólo a la escuela, sino muy en especial, a las familias.
Ahora sí, en mínimas líneas y a tono con lo comentado hasta acá, algunos breves “tips” para promover el
hábito de la lectura en los chicos.
*En la primera infancia, proponer una rutina posible de lectura y leerles en cuanto podamos
(recordemos que “se lee primero con el oído” y que, en la escucha, se construye al lector del
futuro).
*Contemplar, dentro de nuestras posibilidades, el momento propicio y acorde con la necesidad o
deseo del niño.
*A la hora de elegir un libro, involucrar a los chicos, visitar con ellos la librería o biblioteca y, en
cualquier caso, estar atentos a sus preferencias en cuanto a temas, ilustraciones, personajes.
*Acercarlos desde la primera infancia al objeto libro, a la singularidad de sus imágenes y habilitar
un intercambio libre, lúdico en relación con lo leído.
*Ligado a lo anterior, recordar que ese momento compartido, aunque sea breve, en torno a un
cuento, o a una poesía, abre un espacio de diálogo y de afecto.
*Cultivar la paciencia: la formación lectora es un proceso y, como tal, supone discontinuidades,
altas y bajas; comportamientos que no siempre son progresivos, ni se ajustan al grado de
escolaridad o la edad cronológica.
*Intentar, en lo posible, predicar con el ejemplo: poco efecto tendrá pedir a nuestros hijos que no
excedan sus tiempos de exposición a la pantalla y que en cambio “lean”, si, como adultos, no
pautamos ciertos hábitos y normas de consumo cultural, más o menos flexibles.
*Tener en cuenta que la riqueza lectora no está ligada únicamente a la información que pueden
brindar los libros, como sucede con los textos informativos o pedagógicos. Además de ese
aporte, que no es menor, la literatura tiene la riqueza de concebir al lenguaje más allá de sus fines
prácticos. Los textos literarios establecen un pacto ficcional que puede ser de enorme ayuda a la
hora de simbolizar la realidad, canalizar emociones, transitar con mayor alivio experiencias
negativas que a los chicos les toca vivir.
Luciana Fernández Blanco es escritora; Lic en Ciencias de la comunicación, posgraduada en IUNA y
FLACSO, docente en tecnicaturas superiores y profesorados de Educación Inicial y Primaria.
