Por Eva Herbert Wood
Eva Baltasar toca la realidad de la vivienda, el trabajo y la sociedad desde su prosa inquietante y evocadora.
En Ocaso y fascinación, una vida líquida permea en la nuestra, y la incomodidad es una lección que al lector se le permite. La escritora y poeta catalana trenza con destreza, pero sin rodeos, sus observaciones de una realidad laboral y social de la que ella ha sido testigo y víctima. Su experiencia alimenta el trayecto de su protagonista. Esta encarna la existencia precaria de los jóvenes en la ciudad condal. Sin nombre del que dotarla -y con el talento de la nominada al Booker– sus pensamientos carecen de contorno, del mismo modo que su vida carece de solidez.
El término precario deriva del latín precarius, que se refiere a aquello obtenido por medio de la petición, la súplica y el ruego. Esta es la sensación que se viste y se ofrece al lector mediante la inquietante prosa de Eva Baltasar. La autora, nominada a un Premio Booker por su obra Boulder, nació en Barcelona en 1978. La capital catalana es también el hogar de la protagonista de Ocaso y fascinación. Las propias calles. El banco que quizás pase desapercibido hasta al transeúnte más perspicaz. La estación de autobús donde iniciamos una ruta al trabajo. Estas son la casa, cama, salón, lavabo…la realidad de una mujer que no es, ni más ni menos, que una víctima del precariado. Una mujer condenada a la súplica, y al sueño de un mañana mejor. O, por lo menos, de un mañana, una hora, un «luego», un respiro…. Hasta que el sueño se pone como el sol, y solo queda la fascinación.
Esta novela se divide en dos partes. La primera es el Ocaso. En ella, la escritora tira del hilo de su pasado para moldear una personificación de la desposesión. Es desde esta perspectiva que se otorga un nuevo valor a todo lo que diariamente damos por supuesto.
Esta historia demuestra que ningún lector está tan lejos de lo que vive esta joven de 27 años. Es echada de un momento a otro de su piso en Barcelona, ciudad cuya violencia inmobiliaria ha pasado por titulares de cada medio. Haciendo como puede su maleta, parece que nos mete también a nosotros, y juntos a ella nos enfrentamos a un nuevo ahora, distinto al de hace unos momentos o un párrafo, en los que la noche se daba por supuesta y el siguiente capítulo también.
Dando forma de página a una realidad insegura, Eva ha conseguido un vehículo que derriba la idea del “otro”, lente que usamos para ver y leer con tremenda facilidad. La idea de lejanía y la idea del “a mi no me pasa” son tópicos a los que la propia mujer se aferra mientras tiene «el pelo limpio de dos días, el móvil y la cartera en el bolsillo y un contrato laboral». El ser humano es capaz de construir una religión con los pilares más débiles.
Sin poder posar el libro, leemos las horas sin freno, sin momento de reposo, de alguien a quien la vida, con todo lo que supone, le volcó a la calle. Sin decisión aparente ni razón a la que apuntar. ¿Dónde está el “hizo esto mal”? Su ausencia es la que eriza la piel del lector, porque nos desviste, como a ella, de la fé ciega que le hemos dado a la palabra seguridad.
Con la fe se cae la santidad que a las cuatros paredes de una casa (con todos sus cachivaches y posesiones) le hemos dado, confundiendolo todo con la imagen de un Dios. Sin ellos se abren los ojos, se destapa y se manifiesta la religión que ha todos nos agarra, y nos sometemos a un solo Dios que solo la amenaza desvela, ante el que solo la inseguridad nos coloca en genuflexión a su frente. Concentra la omnipotencia, la omnisciencia, omnipresencia y omnibenevolencia. Y Eva Baltasar, con su prosa símil a la poesía, cautivadora y atrapadora, le da un único nombre: el dinero.
Los cimientos de la segunda parte de la novela, Fascinación, siguen esta comparación casi religiosa; son los pensamientos y las acciones de una mujer iluminada por una luz cuyo origen y devenir no son de importancia. Se destruye la cuestión de pasado o futuro, y la noción de espacio más allá de los límites del pensar; asimismo, se destruyen al fin los límites de la razón. Atendemos boquiabiertos a una escena cismática de la norma social pero devota a lo que su imaginación le presente como seguro. No importa en el fondo, si es verdad o no.
Eva Baltasar ha descrito esta parte de la novela como un cuento de terror navideño. Y desde el seno de su narración nos adentramos en el seno de su nuevo viaje. Deja atrás el deseo de un techo y se adentra en el mundo de lo onírico. Y quizás sea esto lo que haya al otro lado del altar, cuando este cae y solo queda la existencia incongruente, sin deidad a la que rezar.
Retrato de Eva Baltasar | Fuente: X (@montsevirgili)
Es con la facilidad de un vaso de agua que absorbemos Ocaso y fascinación. No hay nada sólido en los días que van pasando con las páginas. Y no es hasta que tratamos de tragar que nos enfrentamos a la dificultad que se halla en su carácter objetivo de crónica social. A medida que el lector empatiza, se encuentra frente a frente con su propia vulnerabilidad.
La obra, con su crudeza, no es más que la historia de miedo nuestros días. Aquella que recordamos por la noche, mirando bajo la cama antes de dormir por miedo a que, ahí, en la oscuridad, este la intemperie, el ocaso, la precariedad…Tras el éxito internacional de Boulder, sigue esta novela original, única, y necesaria. Tras mi lectura, no puedo hacer más que predecir su éxito, y desear que el mundo entero atienda a otra magistral lección que Eva Baltasar ofrece a su público.
Fuente: El Generacional (elgeneracionalpost.com)
Foto portada: «Ocaso y fascinación» sobre Barcelona | Fuente: Eva Herbert Wood

