Nuevo paradigma: los derechos son míos, las obligaciones tuyas


Estamos en la era (al menos en Argentina) de la observancia de los derechos y de las libertades, aunque a veces las libertades y los derechos se vuelven libertinaje y desorden. Y es también la era del olvido de los deberes y obligaciones y del respeto por el otro. Impera en la Argentina un lema tácito en todas partes, en casi todos los ambientes, incluso en algunas relaciones de pareja: “el derecho es mío, la obligación tuya”. En buena medida la degradación social de todo tipo se debe al imperio de esta premisa.

El escritor y ensayista ecuatoriano acuñó una célebre frase: “El que no cumple sus deberes es pueblo corrompido; el que no conoce sus derechos, es esclavo; y el que no conoce sus derechos ni practica sus deberes, bárbaro”. A partir de estas palabras, es difícil encasillar a una buena parte de la sociedad argentina en alguna de las tres situaciones. Seguramente le caben las tres, porque una gran porción social no cumple sus deberes, o no conoce sus derechos, o ni los conoce y no cumple sus deberes.

Este asunto de derechos y deberes de cada uno, es determinante; y no solo en cuestiones políticas, sino en todo ambiente grupal de dos o más personas en los que se interactúa. No puede haber armonía, ni justicia, ni desarrollo, si se burla el equilibrio de derechos y deberes. Y es por eso que la tirantez en muchas partes nace y permanece.

Estamos en la época en la que abunda y corrompe el individualismo, la mezquindad, la ambición enfermiza, en la que las muchas personas creen que todos los derechos son de uno y las obligaciones del otro.

Por supuesto que siempre se acaba en un punto: los líderes o dirigentes de grupos sociales no suelen dar buenos ejemplos. Y mucho menos el Estado (en este caso argentino) que se ha convertido en un monstruoso paradigma de lo que es el desequilibrio en materia de deberes y obligaciones. Por ejemplo en cuestiones tributarias: la obligación de aportar es del contribuyente, pero el Estado tiene derecho a despilfarrar, mal administrar los fondos públicos o gastarlos en cuestiones que en nada benefician al orden social.

Ni hablar de los funcionarios que tienen derechos y hasta privilegios, que abusan de su poder, pero       que en poco y nada se obligan en acciones para el buen destino del ser humano común. Ejemplos sobran, y para no recurrir solo al caso referencial conocido como Olivosgate (mientras todo el pueblo estaba enclaustrado obligadamente), tómese, como mero ejemplo entre muchos, los derechos a pasajes aéreos de los legisladores, mientras la gente común de todo el país viaja en colectivos y trenes a menudo hacinados, con servicios pésimos.

Pero esta verdadera dicotomía injusta, esta bifurcación en la que uno goza de derechos y otro solo tiene obligaciones, como ya se dijo, ha corrompido todos los estratos sociales: la sociedad general, lo laboral, el hogar y con frecuencia la simple relación entre dos personas, en la que con frecuencia una (o las dos) se erige en dueño de derechos y ninguna obligación.

Una frase muy conocida, que hace décadas era casi leitmotiv en algunas escuelas de enseñanza primaria, dice que “la libertad de uno termina donde comienza la del prójimo”. Claro que este pensamiento perfecto se ha olvidado, algunos ni siquiera lo han escuchado porque no se les ha enseñado (no es casualidad).

Y esta ausencia de obligaciones ha desembocado en situaciones aberrantes, como reclamar pagos sin trabajar, ganancias sin invertir, tomar por la fuerza lo que no es de uno, reclamar como propio lo que es de otro y exigir al otro sin comprometerse a nada.

Un estado de cosas que no beneficia a nadie de la sociedad común, que esclaviza, que destruye de a poco, como el agua que horada la roca.

Carlos Alberto Duclos