Mina el Hammani vive en Usera, su barrio de toda la vida, porque le gusta tener una frutería debajo de casa. “Estuve un tiempo en Atocha pero allí no había nada”, afirma. El éxito la pilló en pijama, tras años vendiendo hamburguesas y haciendo de público para pagarse sus estudios de teatro en la Escuela de interpretación NAI, de Iñaki Aierra. “El Hammani es el apellido de mi padre, que viene del Rif, y tengo una energía bastante poderosa”. Así se presenta esta mujer que a los 28 años ha conocido el éxito en todos sus rostros, también el amenazador.
Tras más de diez años con papeles de mora, como dice ella–el más importante en El príncipe – se convirtió en fenómeno por su papel de Nadia en la serie Elite (Netflix), estrenada en 190 países, el mayor éxito de la plataforma. Tanta autenticidad logró en su interpretación que la audiencia a menudo confundía persona con personaje, tanto que recibió amenazas de muerte por quitarse el velo en la ficción. “Mi padre me enseñó que nada es fácil en la vida, que no te tienes que comparar con nadie, que en esas horas de soledad, cuando nos acostamos, elijamos nuestros propios caminos. También me enseñó a querer mucho”.
Hosein el Hammani murió el pasado mes de junio de cáncer. De joven emprendió la huida de la pobreza, con destino a Francia, donde tenía unos primos, pero el autobús hizo una parada en Madrid y allí conoció a Fátima –que había venido a España con contrato, como cocinera en la embajada, la madre de Mina–. Se enamoraron al instante, y se quedó. “Trabajó siempre en la obra. Lo ha dado todo por nosotros. Se ha ido en paz, sabiendo que yo estoy trabajando, que mi hermana Hosnia escribe poesía, que cuidaremos de mi madre como ella lo ha hecho: 24/7”, cuenta la actriz.
¿Cómo sintió la llamada de la interpretación?
Vivíamos en Majadahonda y yo jugaba con una vecina mayor que tenía familiares en televisión. Un día me preguntó si quería hacer el casting de Ana y los siete porque a mí me encantaba actuar sin entonces saber lo que era. Jugaba a hacer de lo que mediera la gana astronauta o profesora. Pero mis padres trabajaban y no me pudieron llevar al casting. El no ir fue lo mejor que me pasó, porque me dejó la espinita. Y cada día le imploraba a mi madre: apúntame a teatro.
¿Qué es ser actriz?
Ahora he entendido lo que es ser actriz, de pequeña quería estar en otra órbita. Me imaginaba cómo los otros niños jugaban en sus casas. Después de la ESO, empecé a trabajar de todo: dependienta, azafata, de figuración, de público. Ahorré durante dos años para poder entrar en la escuela de interpretación de Iñaki Aierra. Enseguida encontré representante y me cogieron para El príncipe. Me considero una privilegiada, formo parte del 8% del colectivo de actores y actrices que está trabajando.
¿Y le llovieron los fans?
La palabra fans no me gusta nada. Es el público, el que se emociona, el que sale de su rutina, a quien le damos ese suspiro y esa posibilidad de reflexión–porque yo trabajo para que la gente también reflexione–.
¿Hasta qué punto ha sufrido la presión del canon de belleza?
He vivido dos momentos importantes: el primero, cuando empecé a querer responder al canon y padecí trastornos de alimentación: tuve bulimia porque pensaba que estar delgada era lo importante. Pero aprendí mucho, me hice fuerte, creé una gran seguridad en mí misma, hice mucho trabajo emocional, hasta que llegué al segundo momento y a la conclusión de que hoy mi cuerpo es mi hogar, mi templo, soy una diosa para mí misma.
Por Joana Bonet
Fuente: La Vanguardia
