Por Cecilia Alemano
En su tercer libro -ganador del prestigioso premio Ribera del Duero- Magalí Etchebarne ofrece cuatro cuentos sutiles y agudos, con la mirada y el oído “atentos a lo terrible, pero también a lo bello”, como dice la contratapa. Esa belleza está en lugares inesperados, como una Santa Rita que una mujer de mediana edad contempla mientras cuida a una mamá enferma; en una playa en invierno a donde se va a tirar las cenizas de una madre o en un collar de caracolitos con los que la protagonista juega cuando le agarra la nostalgia. Lo que hay, también, es una profunda compasión -comprensión, empatía, no lástima- por las batallas que todavía enfrentamos las mujeres: las de la edad, la belleza, el dinero, el reconocimiento. Como la madre que para rejuvenecer se pone extracto de trucha, apestando el baño de olor a pescado; la correctora editorial que, por seria y rigurosa, recibe el mote de “malcogida”, la hija que pasa años lavando el cuerpo de su mamá, cambiando pañales y curando escaras, o las actrices que a los 40 se sienten atrapadas en sus propias vidas: “No como alimentos procesados, no dejo que me inviten al trago, no voy a tener hijos, no compro en esa marca, no me pienso casar, no miro las películas de ese abusador, no, no, no (…) si esto es reinar sobre mí misma, yo habría preferido ser una reina loca, mi propia María Antonieta”.
Los cuentos me hicieron pensar en La mujer rota versión siglo XXI. ¿Sentís, al igual que Simone de Beauvoir, una profunda compasión por esas mujeres víctimas de vidas que ellas mismas aparentemente eligen?
Creo que las mujeres de estos relatos eligen hasta ahí. Eligieron, pero también padecen circunstancias muy concretas que dependen de otros. Una se dedica a cuidar de una madre enferma, otra sufrió un accidente que la dejó de cierta forma muy marcada y demorada en el dolor, otra no cumple con los parámetros de la belleza que exige su profesión, etc. En ese sentido, eligen, sí, pero también están sometidas a ciertas demandas externas que no pueden cambiar. En el cuento aparece la tiranía de la juventud. Y en ese sentido, creo que la relación con la belleza es, por ejemplo, una cárcel que habitamos de forma muy sumisa. Estamos muy dispuestas a hacer cualquier cosa para frenar el paso del tiempo, para borrar las marcas del paso del tiempo en nuestro cuerpo, y eso me parece una muestra muy concreta de prácticas que “elegimos” pero que nos somete. Vernos siempre bien, siempre sanas, nunca viejas, eternamente niñas, rozagantes, con el cuerpo de una adolescente, es una batalla estúpida e inútil, pero que igual estamos dispuestas a librar todo el tiempo y sobre la que incluso nos aconsejamos entre nosotras.
En tus relatos lo ordinario ocupa casi todo. Lo doméstico, lo familiar… Pensé en una crítica que le hacían a Natalia Ginzburg. Alguien le dijo que, como no tenía imaginación, escribía sobre su familia. ¿Te costó, en tu recorrido como escritora, asumir que estabas para hablar de lo cotidiano y no de los “grandes temas”?
No sé qué tema puede ser más grande que la vida, la muerte, el dolor, el sexo o el amor. Creo que los temas son chiquitos, íntimos, cuando los escriben las mujeres. Hace unos días, sin ir más lejos, un hombre comentó en su reseña que mi libro le había gustado, pero que era una mirada muy femenina, muy subjetiva. Me llamó mucho la atención ese “pero”. Nunca se nos hubiera ocurrido llamar la atención sobre un libro escrito por un hombre diciendo “es muy masculino”. A mí me importa realmente poco el tamaño de un tema, porque no pienso en temas cuando escribo. Pienso en personajes, en palabras, en emociones. En lo doméstico encuentro el material, pero lo doméstico también es mi trabajo, también es la calle. ¿Cuál sería un gran tema? Las mujeres vivimos en guerra, cuidar de otros es una guerra, envejecer con humillación, como envejecemos las mujeres es una guerra, que nos paguen menos por hacer lo mismo, es una guerra, que tengamos que batallar por los mismos derechos una y otra vez y volver a empezar de cero es una guerra.
Fuente OHLALÁ (somosohlala.com)
Foto portada: Créditos Gentileza GKomunicación.
