-Volvamos sobre nuestros pasos, Inocencio, volvamos a esas charlas sobre el por qué, para qué y cómo. Retornemos a aquellas reflexiones sobre el destino del hombre. Pues a menudo posamos la mirada en lo efímero y superficial, y perdemos de vista aquello que en rigor de verdad es lo sustancial, lo que importa. Es un derecho indeclinable de la sublime condición de ser humano el acceder a aquellas cosas materiales que nos son necesarias para la vida, sin las cuales no es posible nada.
-Alimento, salud, (cobertura satisfactoria), cobijo (una casa adecuada), educación, cierta seguridad (de todo tipo), ocio, porque cierto ocio es necesario al ser humano y previsibilidad en la sociedad en la que se vive para poder proyectar la vida.
-Exacto, pero logradas estas cosas, el hombre no puede caer en la trampa de la ambición que lo torna primero esclavo y luego sufriente y vacío, porque: ¿qué habrá en el mundo que pueda llenar su insaciable deseo? ¿Qué habrá en el mundo que pueda cargar y llevarse consigo en la hora del último adiós? Así que la razón de la existencia no puede estar sujeta sólo al logro de una cosa material.
-Luego de leer a algunos filósofos y psicoanalistas, Candi, me puse a reflexionar, tan atrevido como limitado por mi ignorancia, que el hombre debe tener en su existencia al menos las respuestas al “por qué” y “para qué”. Encontrar rápidamente la respuesta al primer interrogante le sirve en casos de melancolía, depresión o crisis para mantener su decisión de vivir, de sobreponerse a pesar de todo. La respuesta al “para qué”, será el motor que lo impulse al crecimiento, a la evolución constante durante toda su vida.
-Todos los hombres, sin excepción, tienen esas dos respuestas, sólo que con frecuencia salen de su vista. Dificultades más o menos graves enturbian la mente. Entonces la angustia primero y la desesperación después causan estragos porque no se encuentra respuesta al “por qué”. Y también largos momentos de buena ventura pueden ensombrecer la verdad, pues el hombre llega a creerse Dios o inmortal y pierde de vista el verdadero “para qué”.
-Así es, el verdadero sentido de la vida se evapora en la nebulosa de una sociedad materialista, individualista, que sufre cuando se “apega en demasía” a las cosas de este mundo que pierde o que no puede alcanzar. Y debe entenderse que para la corporación humana poderosa, dominante, que algunos ven como “sistema” y otros “mercado”, (y que de una u otra forma está en todas partes y en todas las ideologías) una vida no significa nada, sino apenas una desechable pieza productiva. La pobreza, el hambre, la injusticia, la violencia física y moral, el aniquilamiento de lo espiritual, son una parte del juego y lo único que importa al poder del mundo es la consecución del oro. Para ello, para conseguirlo, ha implementado principios y pautas culturales hábilmente impuestas y que más tarde o más temprano ocasionan dolor. Pautas alegremente aceptadas por casi todos. Así, se da que el sufrimiento del prójimo no es sino una mera circunstancia que poco importa dentro de las reglas de ese juego.
-Lo trágico sucede cuando uno mismo acaba por aceptar que al fin y al cabo la existencia carece de sentido trascendente, que todo es lo que nos hace ver el sistema. Lo trágico es que no se encuentren las respuestas al por qué y al para qué. Volvemos, como último recurso, los ojos a Dios y advertimos que, a veces, pareciera que no nos ve todo lo rápido que necesitamos.
-Pero… ¿no nos ve realmente?
-Los que no vemos somos nosotros. No vemos el potencial del que disponemos en los momentos de adversidad y no vemos el verdadero sentido de la vida en los momentos de prosperidad o calma. Dios está en todas las cosas y todas las cosas están en Dios, por tanto (y aunque parezca un tanto soberbio, pero no lo es) Dios está en cada uno de nosotros y cada uno de nosotros en Él. Como decía Juan: “Dios es amor”, y por tanto el ser humano debe ser amor. Venimos a amar y ese es el verdadero sentido de la vida. Cuando no hay amor a uno mismo y a los demás, todo lo que el mundo ofrece no alcanza y más tarde o más temprano todos experimentan el vacío y el mal. Porque por más vueltas que le den al asunto, amigo mío, todos los males del mundo nacen de la ausencia de amor.
