La injusta muerte de inocentes y la tristeza que queda viva


Hay un dolor que gira desesperado en este país, y especialmente en algunas regiones como Rosario; es el sufrimiento sin fin de muchos seres por la muerte temprana de su gente buena, inocente, asesinada sin escrúpulos por delincuentes para quienes la vida no vale nada.

Y hay también, claro, un dolor social que bulle en las almas sensibles, empáticas y que advierten que en el infierno a cualquera le puede tocar la llama de la muerte. Y que observan además que por este camino se va al desquicio eterno que sufrirán aún más las próximas generaciones.

La muerte ocurrida hoy de la profesora Virginia Ferreyra,  es el reflejo de tanta gente inocente que murió baleada a manos de criminales. Vidas jóvenes, llenas de sueños  que fueron interrumpidos para siempre, abatidos sin misericordia.

Frente a estas verdaderas tragedias que dejan heridas que ya jamás cerrarán, están los responsables de evitarlas, pero que han demostrado, cuanto menos, una proverbial incapacidad para atenuar esta ola infernal de hechos delictivos. Prometedores profesionales, eso sí, que reparten ilusiones a granel a la hora de las elecciones, que luego van a parar a la papelera de reciclaje.

Sí, demasiado dolor, inacción de muchos funcionarios y una peligrosa resignación social que se advierte a veces.  Pareciera que con frecuencia se acepta lo malo como algo inevitable, o como si en realidad no fuera tan malo como efectivamente lo es.

La sociedad hoy es un gran y hermoso ramo de sueños, de esperanzas, de esfuerzo, pero sola, abandonada por sus dirigentes a su propia suerte, a merced de los demonios que por una u otra causa, gozan de una asombrosa como indignante impunidad.

*En la foto Virginia Ferreyra