Por Yasmin Bellani
Durante décadas nos enseñaron que envejecer era sinónimo de retirarse de la vida. Se hablaba de «la tercera edad» como una etapa de espera, de descanso obligado y, muchas veces, de resignación. Sin embargo, algo cambió. Y no es un cambio menor: estamos asistiendo al nacimiento de una nueva manera de habitar la vejez.
La generación de personas mayores de hoy está desafiando cada uno de los estereotipos con los que fue etiquetada. Ya no acepta que la edad determine lo que puede o no puede hacer. Estudia, emprende, viaja, aprende idiomas, utiliza inteligencia artificial, crea contenido para redes sociales, practica deporte, comienza nuevos vínculos afectivos y, sobre todo, se permite volver a proyectarse. La expectativa de vida aumentó, pero el verdadero desafío ya no es vivir más, sino vivir mejor.
Este nuevo paradigma nos obliga a dejar de pensar la vejez desde la enfermedad para empezar a pensarla desde el potencial. La pregunta ya no debería ser: «¿Qué perdió esta persona con los años?», sino: «¿Qué todavía desea construir?”. Tal es así, que hablar de envejecimiento activo no significa negar las dificultades que pueden aparecer con el paso del tiempo. Significa reconocer que, incluso conviviendo con enfermedades o limitaciones, las personas continúan teniendo deseos, capacidades, proyectos, necesidades de pertenecer y de sentirse valiosas.
Yasmine Bellani
Uno de los grandes desafíos es comprender que el proyecto de vida no tiene fecha de vencimiento. Durante mucho tiempo asociamos los proyectos únicamente a la juventud: estudiar, formar una familia, crecer profesionalmente. Pero un proyecto también puede comenzar a los 70, a los 80 o a los 90 años. Aprender a pintar, escribir un libro, iniciar una actividad física, recuperar amistades, participar en espacios comunitarios o simplemente descubrir una nueva pasión son formas de seguir construyendo identidad.
En ese escenario, los centros de día adquieren un papel profundamente transformador. Ya no pueden pensarse únicamente como lugares de asistencia o cuidado. Deben convertirse en verdaderos espacios de desarrollo humano, donde la prevención, la estimulación cognitiva, el movimiento, la creatividad y el encuentro social permitan que cada persona continúe escribiendo su propia historia.
Un centro de día del siglo XXI no reemplaza la vida de una persona; la potencia. No busca aislarla de su comunidad, sino fortalecer los recursos para que permanezca el mayor tiempo posible en su hogar, conservando sus vínculos, su autonomía y su participación social. Es un espacio donde se entrenan las funciones cognitivas, pero también la autoestima, la curiosidad, la motivación y el sentido de propósito.
La ciencia hoy es contundente: el cerebro conserva capacidad de cambio durante toda la vida. La neuroplasticidad nos demuestra que aprender, desafiarse intelectualmente, mantener relaciones significativas y participar en actividades con sentido protege la salud cognitiva y mejora la calidad de vida. El envejecimiento ya no puede abordarse únicamente desde la medicina; requiere también oportunidades para seguir creciendo.
Sin embargo, todavía convivimos con una contradicción. Mientras la realidad muestra adultos mayores cada vez más activos, gran parte de la sociedad continúa mirándolos desde el déficit. Persisten prejuicios que infantilizan, invisibilizan o limitan. Se habla demasiado de dependencia y muy poco de posibilidades.
Quizás la verdadera revolución no esté ocurriendo únicamente en quienes envejecen, sino en la necesidad de que el resto de la sociedad aprenda una nueva forma de mirar la vejez.
Porque esta generación no está pidiendo permiso para seguir viviendo plenamente. Lo está haciendo. Y tal vez el mayor error sea seguir creyendo que la vejez es el capítulo final, cuando para muchas personas está comenzando una de las etapas más libres, auténticas y significativas de toda su vida.
La vejez dejó de ser el final del camino. Se está convirtiendo, cada vez más, en un nuevo proyecto de vida. Y esa transformación no solo cambia la manera de envejecer: cambia la manera en que entendemos la vida misma.
*Psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores.
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