Por Paula Winkler
El viernes 27 de marzo presencié con unos amigos la única función que dio John Malkovich en Argentina con motivo de su gira mundial, en la que presenta “El infame Ramírez Hoffman”, lectura, tango y misterio sobre el texto del escritor chileno Roberto Bolaño. El teatro, casi a lleno, tuvo la oportunidad de compartir una hora y media de excelente música y de la lectura de un relato/crónica que hizo el conocido actor y director norteamericano frente a un público ávido de verlo, entre el que nuestros amigos y yo nos encontrábamos.
Una lectura no es, desde luego, una actuación. No existe la obligación, por tanto, de que el actor conozca el texto cuando lo recita (“El infame Ramírez…” es prosa poética); sí, de que se armonice la puesta en escena, el sonido, la iluminación y la lectura misma con la música.
En el caso, Anastasya Terenkova se lució en sendos pianos, Andrej Bielow, en violín y sobresalió en bandoneón Fabrizio Colombo. Tango y Chile, mejor dicho, tango y el horror y lo siniestro que acaeciera con el ex presidente Salvador Allende respecto del militar y ex gobernante Augusto Pinochet, en el marco de una obra (la de Bolaño), que escribió una alegoría de época y polariza arte y política, violencia y ciertos rasgos de humor a través de un “conector” poético y creativo: el personaje. En el caso, el misterioso Ramírez Hoffman se destaca como piloto de avión, cuyo alter ego dibuja versos en los cielos. El silencio y un enigma sin resolver, en todo caso a cargo de los lectores de Bolaño, cierran la obra entre sonidos dramáticos que los espectadores pudimos apreciar.
Sin embargo, a mi juicio, Malkovich no estuvo a la altura de sí mismo: una voz monocorde convirtió un texto magnífico en una suerte de parte burocrático policial, ni siquiera en pura crónica. Cuando el compadre de Bolaño en Cataluña le dice “regrese a Barcelona, este es un asunto entre chilenos”, la voz del actor no modula tamaña tragedia. Continúa en el mismo tono, como si la lectura de un relato poético no debiera actuarse y armonizar, por lo demás, con la música que acompaña.
No pude observar un compacto, no pude disfrutar de la lengua inglesa que tradujo del castellano el relato de Bolaño y que en la voz de Malkovich, parecía reducirse a una expresión interminable, sin pausa, excepto cuando intervenían los músicos. Sí me impresionó gratamente nuestro tango porteño en manos del piano, del violín y del bandonéon. Todos, de excelencia.
