Por Carolina Winograd

Inflamación, emociones y rostro: por qué el nuevo cuidado facial empieza adentro


Por Carolina Winograd*

La cara acusa recibo de todo.

Lo que durante años se atribuyó casi exclusivamente al paso del tiempo empieza a leerse también como resultado del estado interno del organismo.

Desde ahí, el cuidado facial empieza a correrse de la superficie para pensarse en relación con procesos complejos y profundos que influyen de forma directa en el rostro.

Este enfoque no descarta el cuidado externo, pero lo reubica: el rostro deja de pensarse como un territorio aislado y empieza a entenderse como parte de un sistema más amplio.

Inflamación, estrés y biología cotidiana

En ese contexto, la inflamación aparece como uno de los factores más determinantes. No se trata solo de procesos agudos o visibles, sino de un estado inflamatorio de bajo grado, sostenido en el tiempo, que afecta tejidos, circulación y metabolismo celular. La piel y la musculatura facial no quedan al margen de ese proceso.

La forma en que nos alimentamos, el nivel de estrés que sostenemos y la calidad del descanso inciden directamente en esa inflamación. Dietas desordenadas, picos constantes de cortisol y un sistema nervioso que permanece en estado de alerta dificultan los mecanismos naturales de reparación del organismo. El resultado no siempre es inmediato, pero se expresa con el tiempo en la piel: pérdida de luminosidad, tensión facial, cambios en la textura y en el tono.

La dimensión emocional del rostro

A esto se suma la dimensión emocional. La cara es también un territorio donde se acumulan gestos repetidos, tensiones y microexpresiones que responden a estados internos persistentes. Mandíbula contraída, entrecejo activo, respiración superficial: pequeñas señales que, sostenidas durante años, terminan modelando la expresión.

Durante décadas, el cuidado facial estuvo atravesado por una lógica de corrección: borrar signos, tensar, disimular, frenar. La idea de “antiage” instaló la noción de que el rostro era un problema a resolver y el tiempo, un enemigo a combatir.

Del “antiage” a la regulación

Hoy empieza a consolidarse otra mirada. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de entender qué condiciones internas permiten que el rostro se exprese con vitalidad. Cuando el sistema nervioso se regula, la inflamación disminuye y el cuerpo sale del estado de alerta constante, la expresión cambia. No porque se la “corrija”, sino porque el organismo empieza a funcionar mejor.

Se afloja la mandíbula, la respiración se hace más profunda, mejora la oxigenación de los tejidos, la piel recupera tono y la mirada se vuelve más presente. Son transformaciones sutiles, pero acumulativas, que no responden a una intervención puntual sino a un modo de habitar el cuerpo.

El rostro como vía de entrada

En este cambio de enfoque, el trabajo facial deja de pensarse como una intervención estética y empieza a entenderse como una práctica de regulación. El rostro no solo expresa lo que pasa adentro: también puede ser una vía de entrada para modificarlo.

La activación consciente de la musculatura facial, la respiración y la mirada impacta sobre el sistema nervioso, la circulación y el tono de los tejidos. No como un gesto cosmético, sino como un trabajo directo sobre la forma en que el cuerpo se organiza.

Un ejercicio simple de mi práctica de Yoga Facial Kaliope Glow lo muestra con claridad:

1. Formá una “L” con las manos y llevalas al costado del rostro, por delante de las orejas, tomando desde las sienes hasta la mandíbula. Ahora, presioná suavemente hacia adentro y hacia arriba.

2. Manteniendo la presión de las manos, hacé una “o” larga y estrecha con la boca, guardá los labios como si quisieras cubrir los dientes.

3. Ahora sonreí, cerrá los ojos y llevá la mirada hacia arriba. Mantené la postura por 30 segundos. Desarmá el ejercicio y repetilo 2 veces más.

Realizado a diario, este tipo de trabajo modifica el tono muscular, mejora la oxigenación de los tejidos y libera tensiones crónicas —especialmente en mandíbula, zona central del rostro y contorno ocular—. También favorece la regulación del sistema nervioso y la disponibilidad respiratoria. No busca “marcar” la cara ni intervenirla, sino revitalizarla.

Es que cuando el rostro deja de estar en estado de defensa constante, la expresión cambia. La mirada se abre, la piel se vuelve más receptiva y la cara empieza a reflejar menos tensión y más presencia.

El verdadero cuidado facial

Este cambio de paradigma nos invita a abrazar otra forma de autocuidado: ya no buscamos vernos más jóvenes a cualquier precio, sino vernos más vivas, más conectadas y más libres dentro de nuestra propia piel.

*Experta en Yoga Facial y Wellness

@kaliope.glow