Por Laura García Racciatti
En Comodoro Rivadavia, Chubut, otro angelito partió de este mundo temprano e injustamente. No es el primero pero tampoco será el último. Lamentablemente.
Otro niño que duele en el cuerpo cuando sigue habiendo progenitores ineptos que no saben amar y se convierten en bestias.
Tantos niños que no tienen voz, ni cara, ni nombre, pero andan con su almita lastimada donde debieran ser amados y protegidos. Como lo estuvo Ángel; como lo estuvo Lucio años atrás. Como lo deben estar tantos que son invisibles a los ojos del mundo.
Una vez más falló un sistema porque está repleto de falencias que no pueden ni deben ocurrir si se trata de vidas de infantes. Un juez de familia, una psicóloga y una asesora perteneciente a la Defensoría de menores…una ¿madre? Yo, la llamaría simplemente progenitora.
No se es más madre por gestar o parir un bebé. Madre es quien abriga, abraza, cuida, protege, ayuda, educa, enseña, guía, en síntesis quien da amor desinteresada y espontáneamente. Aún si no lo llevó en su vientre.
En este caso la mujer que llevó en su vientre a Ángel lo dejó sin su abrigo al poco tiempo de nacer y afortunadamente ese ser inocente contó con una figura paterna que lo supo abrigar; su padre no le soltó la mano, por el contrario lo aferró a sí mismo siendo hogar. Hogar que conformó con otra mujer que desinteresadamente le brindó parte de su corazón de madre sin haberlo llevado nueve meses en su útero, sin ningún lazo sanguíneo pero con un hilo invisible construido desde el amor.
Una vez más una vida, pura y transparente, pagó el precio de la ignorancia, el desamor, la falta de sentido común e instinto como resultado del abandono y la desidia de un dúo de adultos que se hicieron llamar familia pero que estuvieron muy lejos de serlo. Y como si el horror no fuera suficiente, meses atrás habían traído al mundo a una nena que habita el mismo desamparo.
Una vez más, el sistema falla dando por sentado que la mujer por su condición femenina tiene el instinto materno y protector por naturaleza y que un niño no estará mejor con nadie más que con su ‘madre’. Pero ya vimos varios casos públicos (y los no conocidos también) en los que la mujer aún habiendo traído al mundo y llevado en su vientre a la criatura, no sabe, no puede, no quiere (y no se esfuerza por aprender ni comprender a) ser madre. Su ignorancia emocional es más fuerte. Y los funcionarios teóricamente capacitados para velar por la integridad de un menor tampoco saben, pueden, quieren, comprenden quién es el adulto que podrá abrigar a ese cuerpo chiquitito y a su alma pequeña. Funcionarios que deberían investigar y certificar las condiciones adecuadas para decidir el destino de una vida importantísima como lo es la de un niño pero como consecuencia de la misma desidia que hay en el sistema tanto como en la familia del menor, deciden no ver, no investigar correctamente y que el porvenir del niño quede a su suerte.
El sistema falla, el menor no es escuchado, los adultos no solo descuidan sino que dejan a la deriva un ser que necesita sobremanera ese abrigo de una figura adulta que lo guíe, lo proteja y lo ame, principalmente.
¡Cuántas ausencias hay en este mundo! La educación con amor no solo requiere de enseñar respeto y buenas costumbres, también exige de cuidados básicos que resguarden a un ser humano que apenas está aprendiendo lo más primitivo de la existencia que es transitar el mundo. Cuánta ignorancia y des-humanidad hay en el acto más salvaje y humano que existe como lo es crear una vida.
¿Por qué cada día nos encontramos con más adultos rotos que no saben, no pueden, no quieren ni comprenden las cosas más básicas de la vida?
¿Tan mal está esta sociedad que el amor entre los humanos es un lujo?
Acaso, ¿habrá que conformarse con la triste realidad? ¿O luchar por reeducar a quienes parecen no tener cura?
Mucho tiempo antes de que un niño exista, su crianza está determinada por el hogar en el que nacerá, el amor que esos padres tengan para brindar, la salud mental de esos adultos y el nivel de grieta emocional que puedan tener ambos para demostrar la capacidad de maternar y paternar.
Cuántos Lucios y Ángeles habrá en esta selva, que no tienen rostro, ni voz, ni una historia que ser contada frente a una cámara.
La utopía más grande es la esperanza de que un día se erradique la violencia, la desidia y el abandono en que tantos individuos eligen (o aceptan) vivir en vez de aspirar a su evolución usando el sentido común para poder decidir qué le están dando y cómo se lo están dando a su familia.
Fuente foto portada icbf.gov.co
