Por Mariela Navazo*
En un contexto donde la autoridad ya no depende solo del cargo, la marca personal se convierte en una forma concreta de generar influencia con coherencia, identidad y propósito. Cómo construir liderazgo propio sin sobreactuar ni convertirse en personaje.
Hoy no lidera quien más habla ni quien tiene el rol más alto, sino quien transmite claridad y coherencia entre lo que piensa, dice y hace. La marca personal, bien construida, no es una exposición vacía: es dirección. Puede transformarse en una herramienta cotidiana para influir, decidir mejor y ocupar lugar con autenticidad.
Durante mucho tiempo el liderazgo estuvo asociado al cargo, la jerarquía y la autoridad formal. Hoy ese modelo ya no alcanza. En entornos cambiantes y más horizontales, las personas se conectan con quienes transmiten coherencia, claridad y propósito. Ahí es donde la marca personal deja de ser solo una herramienta de posicionamiento para convertirse en una forma auténtica de influir.
No se trata de mostrarse más, sino de mostrarse mejor: con intención, identidad y dirección.
La marca personal es el espacio donde se alinean lo que pensamos, lo que comunicamos y las decisiones que tomamos. Cuando esa alineación existe, la confianza aparece. Se percibe en cómo alguien participa en una reunión, en cómo expresa una idea, en qué conversaciones elige dar y en cuáles no. Liderar desde ahí es ocupar un lugar propio, sin sobreactuar ni copiar modelos ajenos.
Muchas veces el freno no es la falta de capacidad, sino el miedo a exponerse. Profesionales con experiencia y criterio siguen siendo invisibles porque esperan el momento perfecto, el reconocimiento externo o la validación total. Pero hoy la influencia no nace sólo del expertise: nace de la capacidad de traducir al mensaje, presencia y criterio visible.
No es promoción permanente de uno mismo: es coherencia sostenida.
Una marca personal clara ordena. Ayuda a decidir qué proyectos aceptar, qué espacios construir y qué temas representar. Funciona como un marco de decisión. Cuando eso sucede, la comunicación fluye con menos esfuerzo y más sentido. No hay personaje: hay dirección.
En la práctica, liderar desde la marca personal implica tres movimientos concretos:
Definir qué te representa. No solo lo que sabés hacer, sino desde qué valores y mirada lo hacés.
Elegir qué conversaciones querés habilitar. No hablar de todo, sino de aquello donde podés aportar criterio.
Sostener coherencia en el tiempo. Entre lo que decís, lo que hacés y cómo respondés.
El liderazgo se vuelve entonces más cercano y más humano. No depende de imponer sino de generar referencia. No busca aprobación constante sino consistencia.
Ocupar un lugar no es exponerse sin filtro. Es animarse a estar presente con identidad y convicción. Porque cuando la marca personal es auténtica, la influencia no se fuerza: se expande.
Herramientas prácticas para empezar
«Hacé una revisión de tu presencia
*Revisá cómo te presentás en redes, reuniones y conversaciones profesionales. ¿Tu mensaje refleja tu mirada y tus valores o solo tu rol?
*Definí tres temas eje: Elegí tres temas sobre los que querés ser asociada profesionalmente. Eso ordena tu comunicación y evita la dispersión.
*Convertí experiencia en criterio visible: Además de saber, compartí aprendizajes, puntos de vista y decisiones. Liderar también es interpretar, no solo ejecutar.
*Practicá presencia, no sobreexposición: No es publicar todo: es participar con sentido en los espacios correctos.
*Tomá decisiones alineadas con tu posicionamiento: Decir que no también construye marca personal.
En un escenario donde todo cambia rápido, la marca personal funciona como brújula. No es una etiqueta ni una vidriera: es una forma de pararse, elegir y comunicar con sentido. Liderar desde ahí no exige perfección, sino presencia consciente. Porque ocupar lugar no es convertirse en alguien distinto, sino animarse —con claridad— a ser visible desde lo que una es y lo que puede aportar.
Lic. en Comercialización y CEO de MKT Activa
