Opinión de Ivana Ludueña

Eutanasia, todo un tema…


Por Ivana Ludueña

En mi propio dolor me descubrí pensando en morir. El martes, revisando Instagram, me encontré con la noticia de una mujer joven que plantea ante los tribunales su derecho a morir con dignidad… y todas las fibras de mi ser la comprendieron.

Y hoy, sin ánimos de juzgar a nadie —porque no somos Dios—, acompaño a Noelia.

Las particularidades del caso son de público conocimiento: basta recorrer los portales de noticias o las redes sociales para aproximarse a su planteo. Esta expresión no pretende juzgar, lejos de ello, sino acompañar la fragilidad humana, el dolor humano, la contradicción en la que nos vemos sumergidos en este complejo entramado de existir.

Entonces recuerdo a Jean-Paul Sartre, cuando enfatiza que el ser humano es radicalmente libre, incluso frente al sentido de su propia muerte. Desde esta perspectiva, entiendo que pedir la eutanasia puede interpretarse como un acto de afirmación de la propia dignidad frente a un sufrimiento que se vuelve insoportable. La “muerte digna” aparece así vinculada a evitar la degradación física o psíquica extrema y a preservar una forma de integridad personal.

Ejerzo mi fe con total libertad. Y alguna vez, en el Catecismo de la Iglesia Católica, advertí que la vida humana es un don inviolable de Dios —innegablemente— y que no es moralmente lícito provocar deliberadamente la muerte. La eutanasia, en este sentido, es rechazada.

Sin embargo, también es necesario distinguir entre provocar la muerte y aceptar el límite de la vida evitando el encarnizamiento terapéutico. Aquí aparece un punto fundamental: la legitimidad de renunciar a tratamientos desproporcionados y la importancia de los cuidados paliativos, poniendo el acento en acompañar el sufrimiento con compasión.

Mis referentes espirituales —San Agustín, Santa Mónica, San Francisco de Asís y el querido Papa Francisco— han reforzado en mí, a través de sus vidas y enseñanzas, que la misericordia divina también se expresa en el acompañamiento y en el respeto por la conciencia individual, especialmente en situaciones límite.

No apruebo la eutanasia como acto, pero sí comprendo profundamente el drama de quien la solicita. Y, desde una ética del respeto, reconozco que la persona, en conciencia, busca una salida a un sufrimiento que percibe como insoportable.

La vida humana tiene un valor intrínseco que merece ser protegido. Pero el sufrimiento extremo —como en el caso de esta joven— nos enfrenta a dilemas morales que no pueden resolverse con respuestas abstractas. La dignidad no se reduce solamente a “seguir viviendo”, sino también a cómo se vive… y a cómo se muere.

Respetar el derecho a decidir sobre una muerte digna no implica necesariamente negar el valor de la vida, sino reconocer que el sufrimiento extremo puede llevar a decisiones límite. El verdadero desafío ético —tanto filosófico como religioso— es no reducir estos casos a normas rígidas, sino abordarlos con una combinación de verdad, compasión y profundo respeto por la conciencia individual.

Noelia, espero que hayas encontrado tu paz.

Fuente foto Clgnoticias