Por María Elena Gómez Link

El lenguaje como el tinte de lo real


Por María Elena Gómez Link

Si aceptamos que la distancia entre la objetividad y lo real es insalvable, debemos reconocer al lenguaje como el principal agente de ese «tinte cognitivo». No existe una mirada desnuda; toda observación está mediada por la palabra. Al intentar despojarnos de nuestras categorías lingüísticas en busca de una realidad «pura», lo que encontramos no es la verdad, sino el silencio.

El lenguaje funciona como un prisma: descompone la luz blanca de lo real en los colores de la interpretación. Una montaña no es solo una elevación geológica (el dato objetivo); es un desafío, un límite, un hogar o una deidad, dependiendo del tinte que la cultura y el pensamiento vuelquen sobre ella. Sin la palabra, el objeto permanece, pero pierde su entidad.

«Nombrar es, en última instancia, el acto de teñir la existencia para que deje de ser una masa informe y se convierta en mundo.»

Por lo tanto, la pérdida del matiz cognitivo que mencionamos al principio no es una liberación, sino una amputación. Intentar comprender lo real sin el lenguaje es como

intentar atrapar el agua con las manos abiertas: la esencia se escurre entre los dedos porque falta el recipiente —la estructura cognitiva— que le dé forma y sentido.

Conclusión: Habitar la distancia

En última instancia, la sospecha de que entre la distancia de la objetividad y lo real se pierde el tinte cognitivo no debe ser motivo de parálisis, sino de hallazgo. Hemos comprendido que la objetividad pura es un horizonte aséptico, un vacío donde el sentido no puede germinar. La realidad «real», despojada de nuestra intervención mental, nos es ajena; existe, pero no significa.

Por lo tanto, la tarea del pensador no es anular su propia mirada en busca de una transparencia imposible, sino reconocer la riqueza de su propio prisma. El tinte cognitivo —el lenguaje, la memoria, la cultura y la ética— es el puente que nos permite cruzar desde la existencia bruta hacia la experiencia humana. Habitar esa distancia es aceptar que el conocimiento es siempre una colaboración entre el mundo y quien lo observa.

Reivindicar el matiz no es renunciar a la verdad, es admitir que la verdad es un poliedro. Al final, lo que le da color a la realidad no es un defecto de nuestra percepción, sino la prueba de nuestra presencia en ella. Como si en el acto de observar, el tinte de nuestra conciencia fuera la única forma de rescatar a lo real de su eterno y silencioso anonimato. El «tinte cognitivo» es inevitable, entonces la objetividad deja de ser una meta de neutralidad absoluta para convertirse en un ejercicio de honestidad intelectual. El observador —ya sea el científico, el filósofo o el artista— deja de ser un testigo pasivo y se convierte en un arquitecto de significados. La responsabilidad, por tanto, no reside en intentar borrar el matiz propio, sino en ser consciente de los colores con los que se está interviniendo la realidad.

Reconocer que nuestra cognición «ensucia» o «colorea» lo real no desvirtúa el conocimiento; al contrario, lo humaniza. Cuando el observador asume su posición, la distancia entre lo objetivo y lo real se llena de una subjetividad responsable. Ya no se pretende poseer la verdad absoluta, sino ofrecer una interpretación situada, un ángulo específico que permite que lo real sea compartido y discutido.

«No vemos el mundo como es, sino como somos; y en esa diferencia radica nuestra capacidad de transformar la realidad en vez de simplemente padecerla.»

En este sentido, el «tinte» es también nuestra herramienta de cambio. Si la realidad es percibida a través de nuestras estructuras mentales, cambiar el modo en que pensamos —nuestras categorías, nuestro lenguaje y nuestros sesgos— es, en última instancia, el único camino posible para cambiar el mundo.