Por Marisa Plano*
Hay una verdad simple pero profunda: no se puede enseñar bondad desde el miedo. Los niños no aprenden a ser buenas personas por imposición, sino por vivencia. Y la felicidad es el terreno más fértil donde crecen los valores.
Un niño que se siente querido, escuchado y valorado aprende, casi sin darse cuenta, a mirar al otro con la misma ternura. La felicidad no es darles todo, sino darles Lo esencial: tiempo, presencia, afecto y límites con amor. Es en ese equilibrio donde nace la empatía ,el respeto y la solidaridad.
Cuando un niño ríe, juega, se siente seguro, también se está construyendo por dentro. Está aprendiendo a confiar, a compartir, a ponerse en el lugar del otro. Porque quien crece en un ambiente de amor, difícilmente elija el daño como camino.
Hacer felices a los niños no es evitarles las dificultades, sino acompañarlos para que puedan atravesarlas sin perder la luz. Porque al final, las buenas personas No se forman con discursos, se forman con abrazos, con ejemplos y con corazones que supieron ser felices.
Lic. en Ciencias de la Educación
Fuente foto portada etapainfantil.com
