Por Silvina Zecler

Día Mundial de la Salud Mental: ponerle un nombre al malestar no siempre alcanza


*Por Silvina Zecler

“La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas.” Sigmund Freud

Nunca hablamos tanto de salud mental y, sin embargo, muchas veces seguimos sin poder decir cómo estamos realmente.Tenemos palabras para casi todo: ansiedad, burnout, síndrome del impostor, dependencia emocional, ataques de pánico, vínculos tóxicos, estrés. Las redes sociales, los medios y hasta las conversaciones cotidianas incorporaron un enorme vocabulario para nombrar nuestros malestares.

Pero ponerle un nombre a lo que nos pasa no significa necesariamente entenderlo. A veces encontramos una etiqueta que nos permite decir “esto es lo que tengo” y, al mismo tiempo, evita que nos preguntemos qué está tratando de decir ese malestar.

La salud mental no consiste en estar bien todo el tiempo. Tampoco significa vivir sin angustia, tristeza, frustraciones, duelos o conflictos. Los problemas, las preocupaciones y los desafíos forman parte de la vida. La cuestión es qué hacemos con aquello que nos pasa y qué recursos tenemos para atravesarlo sin quedar atrapados en el sufrimiento.

Vivimos, además, bajo una especie de mandato silencioso: hay que estar bien, funcionar y ser productivos. Trabajar aunque estemos agotados, contestar mensajes aunque necesitemos desconectarnos, sonreír aunque estemos atravesando un duelo, ser buenos padres, hijos y profesionales, tener pareja, hacer ejercicio, comer saludable, viajar, progresar, ganar dinero y, además, disfrutar de todo eso. En ese contexto, alguien puede cumplir perfectamente con sus obligaciones y sentirse profundamente angustiado. Que una persona funcione no significa necesariamente que esté bien.

Podemos verlo incluso en personas que parecen representar el éxito en su máxima expresión. Simone Biles, una de las gimnastas más importantes de la historia, decidió retirarse de varias competencias durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 para priorizar su salud mental. Michael Phelps contó públicamente sus experiencias con la depresión y la ansiedad y habló del valor que tuvo la terapia en su recuperación.

En nuestro país, Tini Stoessel también habló públicamente de depresión, ansiedad y ataques de pánico, y contó que la terapia y el acompañamiento fueron herramientas importantes para atravesar esos momentos. Estos testimonios cuestionan una idea muy instalada: que el éxito, el reconocimiento o la fortaleza personal nos protegen del sufrimiento psíquico. Ganar medallas, ser famoso, tener talento o estar en la cima de una profesión no nos vuelve inmunes al dolor.

Cuando una persona que admiramos cuenta lo que le ocurre, también puede ayudarnos a comprender que el sufrimiento no es una falla individual. Los testimonios públicos tienen, en ese sentido, un valor importante: ayudan a desarmar prejuicios y pueden hacer que otros se animen a reconocer aquello que les está pasando. Por eso es importante escuchar el malestar, incluso antes de que se convierta en una crisis. No hace falta estar atravesando una situación límite para preguntarnos qué nos pasa.

Desde el psicoanálisis sabemos que aquello que no encuentra palabras muchas veces busca otras formas de expresión. Puede aparecer en el cuerpo, en los vínculos, en determinadas conductas o en síntomas que se repiten.

A esto se suma una época en la que las redes sociales, la comparación constante y la necesidad de mostrarnos exitosos, felices, jóvenes, activos y deseables pueden convertir la vida cotidiana en una presión permanente. No se trata de demonizar las redes ni de pensar que allí está la causa de todos nuestros problemas, sino de preguntarnos cuánto de nuestra vida está organizado alrededor de la mirada de los demás.

Hablar de salud mental también implica preguntarnos qué clase de vida estamos construyendo y cuánto de ella responde a nuestros propios deseos y cuánto a las expectativas que sentimos que debemos cumplir. Hay, además, otro prejuicio que necesitamos revisar: hablar de lo que nos pasa no nos hace débiles. Pedir ayuda cuando la necesitamos tampoco. Reconocer que algo nos está desbordando y aceptar el acompañamiento de otro requiere, muchas veces, mucho más coraje que seguir adelante como si nada ocurriera.

Los testimonios públicos pueden contribuir a mostrarlo. Nos recuerdan que pedir ayuda no es incompatible con ser exitoso, talentoso, fuerte o admirado. Pero hay una aclaración importante: contar una experiencia no reemplaza un tratamiento. Una persona conocida puede ayudarnos a sentirnos identificados, reconocer un problema o incluso animarnos a pedir ayuda, pero cada sufrimiento tiene una historia singular y necesita ser escuchado como tal.

Estoy convencida de que uno de los grandes desafíos actuales es dejar de hablar solamente sobre salud mental y empezar a escuchar más a las personas. También necesitamos políticas públicas y privadas que acompañen y generen mejores condiciones para cuidar la salud mental. Este 10 de octubre, en lugar de compartir solamente una frase motivadora en Instagram, podríamos hacer algo mucho más sencillo: preguntarle a alguien cómo está y esperar realmente la respuesta. Prestar atención a quienes siempre dicen estar bien, pero hace tiempo parecen no estarlo. Animarnos a decir cuando algo no está bien y, sobre todo, dejar de pensar que hay que llegar al límite para pedir ayuda.

La salud mental no empieza cuando todo se rompe. Empieza mucho antes, cuando dejamos de normalizar el sufrimiento y nos permitimos preguntarnos qué nos está pasando. Muchas veces, cuidar la salud mental no requiere tener una respuesta inmediata. Requiere animarse a escuchar la pregunta y encontrar a alguien que pueda acompañarnos en ese proceso.

«(MN. 46424) psicóloga, especialista en psicoanálisis