Talleres que incluyen

Después de la pena: talleres para mujeres que salen en libertad


Hoy desde EQC Mujer queremos reproducir la excelente nota de la periodista Alicia Salinas publicada en Diario La Capital.

«A pesar de la garúa que cae sobre la ciudad y enfría aún más el aire, Antonela llega con energía a la casa de pre-egreso Cristina Vázquez del barrio Echesortu. Quiere contarle a la coordinadora del taller de reciclado un descubrimiento que hizo por internet: con las totoras confeccionadas a partir de telas en desuso se pueden tejer posapavas, chales y alfombras, además de bolsos. A sus 34 años, Antonela explora rubros en los que desempeñarse tras haber salido en enero de la cárcel, donde permaneció durante un año. La cobija en esta etapa la sede de Mujeres tras las Rejas, una organización feminista única en su tipo que procura visibilizar las particularidades del encierro de las mujeres y acompañarlas cuando recuperan la libertad. Desde que arrancó en 2006, la ONG amplió su campo de intervención: entonces había 50 detenidas en los altos de la comisaría 8ª de Refinería, actualmente son 340 solo en el complejo penitenciario de 27 de febrero al 7800. Al menos la mitad, estiman, no tiene condena.

La asociación civil sin fines de lucro inauguró su primera casa de pre-egreso para mujeres en 2021. En diciembre pasado subió el monto del alquiler de ese inmueble del barrio Pichincha y no fue posible renovar el contrato, que la entidad afronta con fondos propios. La pedagoga social Graciela Rojas, una de sus fundadoras, dialoga con La Capital en la nueva sede que ocupan desde hace un mes en avenida Pellegrini y Castellanos. Allí Mujeres tras las Rejas capacita a internas a punto de salir de la cárcel o a quienes ya están en libertad (asistida, condicional, definitiva), como Antonela.

Pocas posibilidades

Con el aditamento de que el espacio se abre al entorno femenino de esta población (familiares, amigas), siempre en el marco del paradigma de la educación no formal y sobre todo desde una perspectiva de género. Es que al salir del sistema penitenciario, las mujeres suelen toparse con escasas posibilidades para autosustentarse e incluso a la hora de recibir contención y acompañamiento, algo que a los varones presos no les pasa, advierte Rojas. Y explica que además de la influencia de estos factores sociales y culturales, durante años el pre-egreso estuvo diseñado en clave masculina.

“El objetivo de la casa es que las mujeres también puedan ejercer este derecho previsto por la ley, accesible cuando ya se cumplió una parte de la pena y el juez autoriza a ir a capacitarse o a trabajar. Para ello la persona puede ser trasladada con un móvil penitenciario, salir bajo palabra o salir con tuición, es decir que alguien la lleva al lugar en cuestión y luego la devuelve a la cárcel”, explica Rojas. “Las mujeres, en general, no tienen nada de eso. Nadie se ocupa de buscarlas en la puerta de la prisión, a una hora por cierto desatinada y difícil para la familia, porque hay que ir a la una de la tarde y a las cinco y media deben estar ya en el penal. Los hombres siempre encuentran una hermana, esposa, prima, novia, amiga o hija que los busca. Y los trabajos que consiguen son más fáciles: en gomerías, estaciones de servicio, kioscos; hay un montón de espacios que los reciben, a ellas no”.

La residencia Cristina Vásquez -debe su nombre a la joven absuelta tras pasar once años presa, que a los pocos meses de salir y por falta de contención se suicidó- orienta sus esfuerzos a saldar esta desigualdad subyacente. Además de crear lazos y redes materiales y afectivas. En esa línea brinda formación específica por medio de talleres de producción textil, de cerámica, de reciclado, de tejido, donde se elaboran desde canastos, carteras, monederos, pins y bolsas de tela a kits de toallitas higiénicas, ceniceros, mates, adornos.

Luego de ocho meses de dispersión (por la cancelación del alquiler tuvieron que repartir materiales, muebles, maquinarias) los enseres están volviendo a la casa de Mujeres tras las Rejas, también sede de la Asociación Pensamiento Penal, mientras que la actividad de las participantes va engrosando el stock de productos. La idea es comercializarlos a través de las redes sociales de la organización (@casacristinavazquez / @mujerestraslasrejas) o en puestos feriales, lo que representa un ingreso económico para sus artífices.

“Hasta ahora nunca había tejido con totora. Vi que este tipo de cosas se pueden vender en ferias”, sigue Antonela, que transita el período de libertad condicional mientras intenta conseguir un trabajo en relación de dependencia. Por lo pronto los fines de semana vende ropa en un mercado popular en zona sudoeste “Estoy buscando qué hacer porque lo que yo sabía y aprendí durante diez años ya no me sirve”, resume y recuerda que con su marido tenían un negocio de reparación de celulares donde se hallaron teléfonos “de dudosa procedencia”, según el juez de la causa.

“Yo tendría que haber sido más precavida con las personas a las que atendía. Nunca me imaginé estar en una cárcel”, admite. Fue en la Unidad Penitenciaria N5 donde Antonela conoció a las activistas de Mujeres tras las Rejas, y se sumó al taller de poesía que coordina, entre otras, la comunicadora social Lilian Alba. Hoy Lilian la acompaña en el reciclado de prendas usadas para fabricar ovillos de totora, cuyos hilos entrelazados forman nuevos objetos y esperanzas. “Mi sueño es tener un trabajo bien mío, independiente”, se anima la joven.

Mientras la Casa Cristina Vásquez se reacomoda en su nueva locación y oferta de actividades, 15 personas que pertenecen a la ONG visitan el penal, de lunes a viernes de 14 a 16.30, para realizar talleres con internas condenadas que ya cumplieron gran parte de la pena y en el marco del programa provincial Reintegrarse, detalla Rojas. “Hasta que asumió la nueva gestión (de Maximiliano Pullaro), trabajábamos con todas. Ahora lo hacemos con una masa de mujeres que está en un proceso de acercamiento a la libertad. Cada gestión tiene un paradigma que respetamos, pero vemos que es un número muy reducido, porque en realidad el 60 o el 50 por ciento (de las detenidas) no tiene condena”, explica la referente, además maestranza de género.

Complejo

El Complejo Penitenciario Rosario, inaugurado en 2017, aloja mujeres derivadas por la justicia provincial y federal. Al término de esta semana sumaban 342 en la Sub Unidad 2, que depende del Servicio Penitenciario santafesino. “Como no hay lugar, hay chicas detenidas en comisarías. Al 18 de agosto había 16 en la seccional 22ª de Pérez y 16 en la 27ª de Arroyo Seco, a pesar de que cada una tiene una capacidad de alojamiento de 12 plazas”, reveló una fuente judicial. La feminización de la población carcelaria es un fenómeno en crecimiento.

“Hay una feminización de la pobreza, primero. Una profundización de la falta de recursos, de lo básico, que es techo y comida. Cada vez es más profunda la brecha y mayor el número de mujeres que van cayendo. Hace casi 20 años, para las mujeres estar presas era algo lejano. Los hechos que las llevaban a esa situación eran mayormente interpersonales, privados. Las causas se han ido diversificando. Hoy muchas situaciones están relacionadas con el narcotráfico, con el narcomenudeo, y cambió la franja etaria: hay desde chicas muy jovencitas a mujeres de 60 años”, describe Rojas.

“A mí me pasaba antes que yo tenía un prejuicio, decía: ?Esos delincuentes se merecen lo peor?. Y después de estar ahí adentro te cambia la mirada. No todas, pero la mayoría no sabe de otra vida. A lo mejor habría que darles una oportunidad o ver que los hijos de esas chicas no crean que está bien hacer las cosas contra la ley”, reflexiona Antonela, que en el penal completó un curso de peluquería a través de la UNR y ahora piensa en adquirir junto a su marido una máquina de estampas y sublimaciones. A su lado, Lilian Alba y Majo Davico se preparan para dar sus respectivos talleres de reciclado y cerámica».

Por Alicia Salinas

Fuente: Diario La Capital de Rosario