Columna de Paula Winkler

Cosas, casas, objetos y diseño


Por Paula Winkler

Los objetos se llevan bien con el fetichismo, la arqueología, la vanidad de sus coleccionistas; con los semiólogos, filósofos, sociólogos, juristas y con los museos para beneplácito del visitante.

El derecho se ocupa de las cosas muebles, los semovientes y de los inmuebles. Si dejamos de pensar en el objeto en su relación con el signo social y su valor en dinero, encontramos en la literatura, también una oda a las cosas: Marcel Proust, por ejemplo, o el escritor contemporáneo Orhan Pamuk, premio Nobel 2006, que erigió su propio museo en Estambul… Devotos de su escritura  pueden gozar de lo histórico y familiar, entrañable o siniestro, evocado en sus novelas.

Disfruté años en la estancia La Porteña, San Antonio de Areco, del añorado escritorio, libros, notas y estilográfica de Ricardo Güiraldes.

Asimismo, en El almohadón de plumas, Horacio Quiroga circunscribe el tiempo del cuento al interno que se toma el bicho para devorar a Alicia: la expone de este modo, desde una cotidiana almohada, nada menos que a la muerte. Y en La Casa, de Manuel Mujica Lainez, los vitrales que coronan una claraboya y presencian malignidades, los cepillos de una Clara barroca; los lienzos italianos adquieren valor de reparación pues dignifican a Tristán y  al Senador.

Los personajes y la historia son narrados por la casa. Diego Lerman, reconocido cineasta argentino, consigue en La Casa que el montaje simbólico de sus historias se encuentre en una vieja casona del delta, en la que transcurren vicisitudes, desgracias, crímenes – vidas, todas, metáforas de la argentinidad.

El lenguaje de los objetos los comparte el diseño. En efecto, Italia, Alemania y Finlandia se disputan el industrial: muebles de todo tipo, objetos de plena funcionalidad. Incluso mobiliario de oficinas. ¡Y ni qué hablar del vestido!, a menudo obras de arte creadas entre la aguja creativa y la pragmática de la ropa, tan fenomenal por parte de italianos y franceses; latinoamericanos, sobre todo argentinos, colombianos. El vestido se lleva, el objeto se usa o se exhibe, el diseño los destaca. Los usuarios rememoramos épocas y emociones y nos alegramos del presente, a menudo gracias a objetos.

Su diseño, cuya estética agradecemos, consiste en resaltarlos, haciéndolos funcionales; a veces, si son suntuarios, la excepción los realza. Vivimos en sociedad, rodeados de diseño. Diseño industrial, diseño de objetos, interiorismo y paisajismo, juguetes, vajilla, diseño gráfico y de la moda; diseño editorial, la arquitectura aplicada, ese maravilloso arte.

Y hay logos cuya gráfica representa una marca-país (el toro español) o “el café” (típico bar argentino en el que las personas nos reunimos, charlamos, bebemos y nos encontramos); una marca-ciudad (la foca de la Playa Bristol en Mar del Plata) y así sucesivamente. No solo icónicos, los objetos y el diseño constituyen un lenguaje simbólico que habla de nosotros y hacen historia.

A quienes aman la literatura, les dejo copiados estos versos de Jorge Luis Borges: “Ante la cal de una pared/ que nada nos veda imaginar como infinito/un hombre se ha sentado y premedita/trazar con rigurosa pincelada/en la blanca pared/ el mundo entero”. (“La suma”, en Poesía Completa -De Bolsillo: 2016 -.)

También, unos de mi autoría: “Si supiera Lourdes/las sartenes y ollas/ que esperan ser lavadas/ en la húmeda cocina de la 109 Street/seguiría bailando con el hombre del cigarro y los zapatos de charol./ Su enorme pena no puede redimir/ ni la gran manzana/ con las olorosas hamburguesas de una vez al mes/ ni su vajilla de plástico”.

¡Cuiden sus objetos. Dónenlos, recíclenlos, visiten museos y espacios! Tras ellos se esconde una narrativa hermosa (o, a veces, feroz…).