La escuela es un espacio de vínculos, en donde se espera que los alumnos además de alcanzar el logro de habilidades cognitivas, desarrollen habilidades sociales y emocionales que les permitan establecer relaciones armónicas, pacíficas e inclusivas dentro y fuera de ésta.
La convivencia es un eje central para obtener el aprendizaje, porque enseñar y aprender a convivir constituye uno de los pilares de la educación, por lo que la escuela como parte de su función social puede contribuir decididamente a consolidar el proceso de enseñanza y aprendizaje.
Tanto la enseñanza como el aprendizaje de la convivencia, demandan un enfoque formativo y preventivo que logra su atención en la formación de los alumnos desde una mirada integral, considerando su dimensión no solo cognitiva, sino también social y emocional.
Hay una relación estrecha entre el clima que existe en las escuelas y el aprendizaje de los alumnos. La convivencia escolar es una condición constitutiva de la calidad de la educación y una base fundamental para el aprendizaje, ya que un niño tranquilo se concentra mejor y construye sus conocimientos con mayor facilidad.
La convivencia escolar por lo tanto es una responsabilidad de quienes conforman la comunidad educativa en su conjunto como también de la familia; por lo que su mejora exige preparar ciudadanos y ciudadanas capaces de convivir en sociedades marcadas por la diversidad, capacitándolos para incorporar las diferencias de manera que contribuyan a la integración y solidaridad, así como para enfrentar la fragmentación y segmentación que amenazan a muchas sociedades en la actualidad.
Formar a las personas en los valores, principios éticos y habilidades para desempeñarse en los diferentes ámbitos de la vida social es lograr la escuela de convivencia escolar más sana y noble.
Por Marisa Plano
Lic. en Ciencias de la Educación

