Por Ivana Rugini

Comienzo de clases


Por Ivana Rugini

Al comenzar un nuevo ciclo escolar tenemos la oportunidad perfecta para replantear los rótulos y etiquetas con los que llevamos a nuestros hijos a la escuela. Las palabras y las expectativas modelan actitudes y conductas: cuando hablamos de un niño como “inquieto”, “vago” o “malo para los estudios”, no solo describimos un comportamiento; muchas veces alimentamos un guion que el niño termina asumiendo. Dejar atrás etiquetas dañinas que limitan, encasillan o estigmatizan permite abrir espacios donde la curiosidad, el esfuerzo y la confianza puedan desarrollarse.

Un fundamento clave para entender este fenómeno es el llamado efecto Pigmalión (o efecto expectativa). En la clásica investigación de Robert Rosenthal y Lenore Jacobson (años 60-70) se demostró cómo las expectativas de los docentes influyen decisivamente en el rendimiento de los alumnos. En su experimento, a los maestros se les informó erróneamente que ciertos estudiantes tenían un potencial intelectual superior. Esos alumnos, escogidos al azar, mostraron un progreso académico superior al resto a lo largo del curso. La explicación fue que las expectativas positivas cambiaron la manera de enseñar, corregir y motivar: mayor atención, retroalimentación más rica, más oportunidades para participar y más confianza transmitida. Inversamente, cuando a un docente se le comunica que un grupo es “problemático” o con “bajo rendimiento”, aunque objetivamente no lo fuera, ese grupo tiende a ajustarse a la expectativa negativa porque recibe menos estímulos, menos confianza y menos oportunidades. El experimento sigue vigente en la evidencia educativa y en la observación cotidiana: el docente y la familia pueden potenciar o limitar a un estudiante con sus expectativas y actitudes.

Por ello, al inicio del año escolar es esencial un compromiso claro: eliminar rótulos negativos y reemplazarlos por descripciones observables y metas constructivas. En lugar de decir “no pone interés”, podemos describir “se distrae con facilidad en clase; intentemos estrategias para enfocarlo”. En vez de “es flojo”, plantear “necesita apoyo para la organización del trabajo”. Así se abre la puerta a intervenciones concretas y respetuosas que favorecen la autoestima y el aprendizaje.

La educación debe priorizar el respeto, el amor, la autoestima y la convivencia. Estos valores guían prácticas pedagógicas que consideran al estudiante en su dimensión emocional, social y cognitiva. La tríada familia–alumno–escuela debe articularse: la familia aporta conocimiento del niño, la escuela ofrece contexto formativo y el alumno se beneficia cuando ambos comparten expectativas altas y realistas. Cuando un niño fracasa, no es solo un asunto individual: es una señal de que la comunicación, los métodos, los recursos o las expectativas necesitan ajuste. Un enfoque colaborativo busca soluciones compartidas, con responsabilidad y creatividad, no culpables.

Empezar el año escolar con la intención de dejar el pasado de etiquetas detrás es sembrar una cultura de posibilidades. Con expectativas positivas, lenguaje cuidadoso y alianzas reales entre familia y escuela, abrimos caminos para que cada niño descubra y desarrolle su potencial.