Por Laura García Racciatti

Bullying y violencia juvenil: combo explosivo para la salud mental de nuestros hijos


Ante un caso que deja más interrogantes que certezas, nos encontramos como sociedad frente a un importante debate, como adultos responsables. Una vez más, un sistema carente de acción deja una víctima totalmente innecesaria, que perdió la vida de manera fortuita, por estar en el lugar y momento equivocados y también una víctima secundaria de un sistema que seguramente no supo, no pudo o no quiso escucharlo ni atenderlo. Dos familias destruidas y una sociedad conmovida por un hecho inexplicable. Cientos de niños que no volverán a sentir su juventud de la misma manera ya que en medio de su inocencia se encontraron con la crudeza de la muerte tan cerca como su propia sombra. Como adolescente que sufrió bullying escolar, puedo asegurar que dicha conducta es de lo más intimidante, te vulnera, te minimiza. En épocas donde este acoso de los pares no se nombraba así ya existía este atropello a la dignidad de un ser humano. Siempre existió, no es una moda de los últimos años pero -lamentablemente- en el presente aún no hemos podido erradicarla de nuestra sociedad.

¿Quiénes son los responsables?

En primer lugar, el bullying, es responsabilidad de los adultos que tienen como obligación moral criar desde el amor y no desde el odio; criar desde el respeto, con el buen ejemplo y la atención adecuada en esa etapa de la vida donde todo se vive al extremo y las experiencias de vida se vuelven un trampolín hacia el afuera. El adulto casi siempre es el causante de los actos de los niños y adolescentes. Su historia de vida, su forma de educar, de actuar, definen el carácter de quien tienen a su cargo en la estadía del paso por este mundo.  Más allá de la personalidad ya forjada, los actos y la guía de un padre y una madre pueden determinar quiénes seremos en la adultez. No solo de quien es el padeciente, también de quien se encarga de hacer padecer. Un niño no nace con maldad, con resentimiento, pesadumbre ante el mundo. Eso se va aprendiendo con los desamores, pormenores y desazón que nos dejan las personas a su paso por nuestros días. Y si algún niño padece a otro niño entonces ese será un fiel reflejo de lo que el niño tomó de algún comportamiento paterno o materno.

Y si no fue a causa del bullying, ¿qué le sucede en la psiquis a un joven de apenas quince años, para asistir a clases armado y desatar un tiroteo en las instalaciones de la escuela?

Hay algo que es fundamental en la vida de las personas y, especialmente en la de los niños y adolescentes, que es su psiquis porque es ahí donde ellos conviven las veinticuatro horas del día hagan lo que hagan. Cada experiencia se manifiesta en su mente e interfiere directamente en su comportamiento de interacción con los demás.

¿Qué sistema falló más?

En principio, aunque duela y cueste reconocerlo, el primario que es el de su propio hogar. Un adolescente no siempre manifiesta todo lo que le está pasando aunque su herida emocional sea profunda. Pero los padres (ambos) están para cumplir el rol de sostener esa herida cuando éste no pueda gestionarla por sí solo. Casi nunca es sencillo tomar las riendas de este rol pero siempre hay herramientas profesionales para obtener ayuda adicional a la que el adulto a cargo ya tiene de por sí.

El sistema educativo, y de acompañamiento, es crucial también ya que es donde más tiempo pasan los menores, aparte de su propia casa. Es donde viven la mayoría de sus expectativas emocionales y donde ocurren también las grandes desilusiones; en la escuela y en la interacción con otros pares, que generalmente es en la escuela, y quizás eso explica que sea allí donde inconscientemente (o naturalmente) lo eligen para expresar esas heridas e inquietudes insoportables que no pueden cargar ni en su cuerpo ni en su alma. Hay muchos actores que intervienen en este proceso y su eficacia para contener debería ser infalible aunque en nuestra sociedad no lo es.

El sistema de salud mental, sería el tercero aunque no por ello el menos relevante. Con una buena terapia, psicológica y psiquiátrica, la mayoría de las veces alcanza para acabar con los demonios de la mente. Y cuando no alcanza, se torna evidente como para tomar medidas competentes. Pero en este hecho el sistema también falló, porque no alcanzó para que sus demonios lo liberaran de esa presión insostenible y lo dominaron al punto de convertirse él mismo en uno de esos demonios.

Resulta perturbador, indignante, dolorosísimo pero, acaso, ¿nadie vio un mísero indicio de que esto pudiera suceder? Evidentemente ninguno de los tres sistemas (que deberían sostener la integridad mental de un ser humano con pocos recursos para sobrevivir a la hostilidad del exterior) pudo ni supo hacerlo. No es por juzgar sino para indagar pero la primera pregunta que surge es pensar qué veía la madre de este chico, desde su propia intuición de madre; cómo pudo pasar por alto el nivel de violencia acumulado en su hijo cuando no es normal que un chico de tan solo quince años se atreviera decidir algo tan drástico como para causar un daño irreparable a un par. Y el padre igual. Qué rol juegan los padres en toda esta triste historia; qué rol debieran jugar como guías naturales de ese chico. Y los distintos actores escolares, qué habrán pensado al darse este desenlace tan horroroso; ¿no vieron o decidieron no ver algo llamativo para la conducta destructiva que tuvo el alumno de un momento a otro? Es que NUNCA sucede de un momento a otro, no en el interior de esa persona, algo dentro se va gestando poco a poco hasta madurar y convertirse en lo más oscuro que existe para accionar de la forma más oscura y cruel que existe. Y sus compañeros…¿qué vínculo tenían? ¿Cuán toxico pudo ser ese vínculo?

 

Nadie sabe qué siente o qué sintió ese niño grande en su corazón destrozado para decidir algo tan extremo como lo que hizo sin razón aparente, sin registro coherente en su mente, sin compasión real para gatillar ante cientos de pares a su alrededor pero si hay algo que queda claro es que la falla en su sistema de contención es ineludible. Y la falla en el sistema social ni hablar. Porque siempre se llega tarde para arreglar el problema y nunca para evitarlo o prevenirlo.

 

Ya hubo un ‘Pantriste’ en la provincia de Buenos Aires a principios de agosto de 2000, un ‘Junior’ en la localidad de Carmen de Patagones en septiembre de 2004 y tantos chicos que no se hicieron virales en estos veintitantos años más. Hoy, en el pueblo santafesino de San Cristobal, se conoce la historia de este ‘nuevo Junior’, mediante una historia que se repite una y otra vez con más frecuencia.

Una vida se apagó para siempre. Una vida que recién empezaba a vivir la vida real, o casi, porque un niño de trece años debe guardar cierta inocencia aunque experimente los andares de la etapa «más complicada de la vida». Una familia se murió con un hijo que ya no volverá.

Y, también , una vida cambió para siempre, ya que este chico dominado por la angustia, la tristeza y el desasosiego en su vida, ya no sanará. Su herida no se habrá cerrado cuando comprenda la gravedad de sus actos y tampoco es factible que la hubiera comprendido antes porque de ser así hubiera gestionado su dolor de otra manera.

Nadie nace sabiendo, y menos a tan corta edad. Si bien tiene edad suficiente para saber lo significa ‘matar’, no es posible que exista noción completa en su fragilidad mental de comprender la gravedad de lo que hizo. Por eso preocupa y asusta que NADIE haya podido asomar sus narices en el mundo desmoronado de ese ser humano que hoy mutó a una bestia. Que nadie se haya involucrado con su dolor, con su sufrimiento, para rescatarlo de ahí.

Fuente foto elobjetivo.com

Crédito gentileza Marcelo Carroll para Clarín