La columna de Paula Winkler

Biología y verdad


Por Paula Winkler

En algunos medios masivos y en la tv pública española he oído a Joan Manuel Serrat, venerado cantautor catalán, reclamar dignidad y mayores derechos para la vejez. ¡Y eso que vive en España! No puedo estar más de acuerdo: advirtió a propósito de ello, que ahora muchos viejos desean ser jóvenes y los niños, adultos.

“Viejo/vieja, ancianos”, palabras que suelo utilizar en mi escritura porque no comparto aquello de que solo los trapos son viejos, ni el utilizar eufemismos como “adulto mayor”, “abuelo” o “gente grande”: al observar la realidad en detalle, más que aportar elegancia y suavizar el tono en la comunicación, a mi juicio, revelan una ligera cuota de cinismo en tanto disfrazan y esconden bastante precariedad (no solo económica) en la especie. Pero cultura y lengua van de la mano. Hay países en que la ancianidad ejemplifica razón y buen juicio y otros en que la velocidad apenas se suspende en el campo, en la bucólica vida en provincia. No hay tiempo, así, para la memoria, menos para la nostalgia. No vaya a ser que te “dé un bajón”… Muchos ancianos prefieren ganarle un rato más a la vida mediante acrobacias gimnásticas, proyectos extraños, de toda índole, “mucha actitud” y alguna que otra intervención quirúrgica.

Estudiar un idioma, iniciarse en disciplinas, oficios o tecnicaturas impensadas antes constituye un hábito para mí, bien plausible. El conocimiento no pesa. Y se aprende por lo demás de los alumnos, de la devolución de los lectores de un texto propio, de la crítica que construye; de los hijos y de los nietos. El gimnasio y la peluquería, los suplementos vitamínicos que podrían ser sustituidos mediante una dieta diaria saludable, los chips y tal pueden confundir al más pensante: nadie niega que un rostro exhibe y que la moda habla. La cuestión reside en no quedarse en ello y avanzar hacia lo íntimo, el ser (no somos únicamente cerebro y energía).

Oscar Wilde solía decir que las mujeres que confiesan su edad son peligrosas. El peligro radica en insistir en vidas narradas, banales. La biología dice la verdad que traducen los espejos y los relojes, aunque hoy la hora se lea en las pantallas de los celulares. Y quien se destrata a sí mismo porque sin estar enfermo ni desvalido, por pereza, adhiere su existencia a la de otro, o niega sus años con alevosía, logra al fin que ese otro haga lo propio e incluso hasta lo maltrate.

Los niños, vestidos por sus padres como adultos, se introducen tempranamente en las pantallas como sabelotodo. Las nenas imaginan que son princesas (sin tener vínculo aristocrático alguno), estética que se repite en las fiestas de quince, y los varones se ven conduciendo un automóvil de carrera o luciéndose en una cancha de fútbol bajo el estruendo y fervor de sus hinchas. Todo lo que demuestra que si muchos viejos de ahora rechazan el paso del tiempo, los niños y los jóvenes lo quieren acelerar a toda costa.

Si a esto llamamos “vida saludable”, vuelvo a darle la razón a Joan Manuel Serrat. Y si hay artistas maravillosos, aunque con poco sentido común, no es este el caso de Serrat, de cuya palabra y arte esperamos disfrutar chicos, viejos y grandes respetando, sin apurar la biología ni nuestra existencia y ejerciendo nuestros mínimos derechos (cuando menos)…

* La imagen que ilustra la nota pertenece a un libro de cuentos, escrito en gótico y publicado en Stuttgart en los años treinta del siglo pasado.