El tiempo y el espacio pierden su densidad objetiva cuando alguien baila; se ponen en juego variables nuevas aun para el intruso que está quieto, en observación. Esto se confirma ante las clases de danzaterapia que dicta Viviana Mercurio, italiana de nacimiento y residente hace 8 años (de los 41 que tiene) en Argentina.
Como ella misma dice: “Toda danza es terapéutica, la coordinación, el reconocimiento de nuestro potencial y nuestros límites, las endorfinas que se liberan, las expresiones que brillan… un cuerpo en movimiento es un cuerpo sano y longevo; un cuerpo que respira”.
Traslaciones y rotaciones con vida propia es lo que vemos; al bailar, ellas conquistan el espacio propiciado por Vivi y lo multiplican. Y cambia el tiempo ¿cuánto hace que estamos mirando a estas mujeres? Hay un relato grupal transcurriendo a pura acción: sobre la música, ecos, sombras, una voz alta, enérgica, pero festiva. La de su artífice, que conversó con Télam para contar su historia.
T: Para ponernos en tema ¿Qué es la danzaterapia, que convocó a tantas personas a tu escuela?
Viviana Mercurio: “La danza terapia, que es una de las disciplinas de mi escuela, es algo que tomé de quien considero mi maestra: María Fux. Pero hay muchos tipos de danza-movimiento-terapia, y con distintos enfoques. Generalmente, las que se enseñan y practican tienen un enfoque técnico ligado incluso a lo psicológico. Lo que planteó María Fux es algo más creativo, basado en el movimiento libre, en la libertad de la creación del cuerpo. Por eso, en un comienzo, se la llamaba “Danza creativa”.
T: ¿De dónde viene este enfoque en la franja etaria que hoy parece ser mayoritaria en tus grupos?
V.M.: En principio lo que yo me propuse con la escuela fue crear un espacio para que personas en esta etapa de la vida que algunos llaman ‘tercera edad’ puedan encontrarse y puedan bailar. La idea parece obvia, pero no lo es tanto; yo, que tengo cuarenta años, cuando voy a un estudio de danza, generalmente me encuentro con mujeres muy jóvenes y esto, lógicamente, excluye. Esto fue un poco el disparador de la idea organizar un ámbito que generara comodidad en un sentido amplio, que incluya un aspecto social, vincular, que es lo que tiende, lamentablemente, a dejar de fomentarse ciertas etapas de la vida. Las mujeres que vienen a mis clases se relacionan, se hacen amigas, salen juntas, planifican viajes, comparten muchas cosas.”
T: Pero por lo que sabemos, tus prácticas no son estrictamente “terapéuticas” sino que también hay muestras públicas…
V.M.: El otro aspecto está ligado a la parte artística. Yo me propuse hacer algo distinto en cuanto a lograr performances expositivas, que tengan un sentido conjunto, creativo y artístico, que sea lindo de ver como creación. Esto, dentro de las limitaciones obvias, permite que ellas se sientan realmente bailarinas y parte de un proyecto creativo, no estrictamente terapéutico, aunque también lo sea: hay una puesta en escena, hay una finalidad expositiva real que, aun sin ser profesional, es artística. Y esto se refleja en la evolución individual. Yo tengo alumnas a las que filmé en sus primeras clases y al cabo de dos o tres años parecen personas distintas, además de haber evolucionado claramente en su capacidad física y expresiva como bailarinas dentro de lo que podríamos llamar una “liga amateur”.

Empecé a dar clases a las niñas y a mezclar la danza con el juego, como recurso para aproximarse a la técnica clásica. Antes de eso, había conocido la danzateatro al tomar un taller en Toscana con Giorgio Rossi, un coreógrafo del colectivo Sosta Palmizi, el grupo de bailarines que se había formado con Carolyn Carlson en el Teatro La Fenice en Venecia. En esa época sentía que estaba totalmente bloqueada con la improvisación, y en el intensivo que hice, Giorgio se tomaba pausas del trabajo para leerme textos de Isadora Duncan. Yo nunca había improvisado en mi vida porque venía de la estructura del ballet, no tenía idea ni instrumentos para hacerlo. En estos años estaba estudiando teóricamente sobre Pina Bausch (la creadora de la danzateatro en Europa) para mi trabajo de tesis de la Facultad de Comunicación y cada palabra, cada imagen que entraba en mí, atravesaban la piel: fue un viaje de ida.
Para terminar la tesis tuve que ver la versión de Kontakthof y me invitaron a Alemania. La danzaterapia llegó más o menos en esos días. Me habló de ella por primera vez un desconocido mientras yo miraba todos los libros que me llevaba a la playa donde estaba estudiando para la tesis sobre Pina.
En esa época no me sentía muy feliz, era como si hubiera olvidado una parte mía. Sentí que necesitaba volver a la danza, pero ya no desde la teoría. Por eso me acordé de la danzaterapia, de la posibilidad de sanar con la danza y de conectarme otra vez con lo que me hacía y todavía me hace sentir más feliz en vida: bailar.
T: ¿Cómo empezaste a enseñar esas técnicas?
V.M.: Siempre ayudé a mis maestras, desde adolescente y en varias disciplinas: danza clásica, modern jazz, contemporáneo. Empecé a tener mis propios grupos a los 25 años, cuando trabajaba en Bolonia en un centro de arte y me ofrecieron dar cursos para niñas. Y cuando empecé a enseñar esto que para mí era nuevo me di cuenta de que era lo que siempre había hecho en mi vida, que amaba compartir lo que había recibido y también hacer todo lo que me hubiera gustado que mis maestros hicieran por mí.
Siempre doy clases que siento conectadas a lo que estoy viviendo en el momento. Transformo cada cosa en mi vida con el arte: es mi manera de vivir; no me imagino sin danza: está en cada uno de mis movimientos y pensamientos. No existo sin ella, está en mi esencia y aparece incluso cuando no la busco. Para mí, danza y vida son una única cosa y se transforman, caen, se levantan, se pierden y crecen juntas en cada momento.
T: ¿Qué te trajo a Buenos Aires?
V.M.: Desde los 10 años sabía que iba a vivir en Argentina. Tengo familia acá porque mis bisabuelos vivieron muchos años aquí. Fue muy lindo conocer a esos parientes lejanos cuando llegué; me apoyaron mucho en los primeros tiempos. Pero puntualmente vine a Buenos Aires en noviembre de 2013 para conocer a María Fux y estudiar en su escuela. No tenía expectativas de estudiar con ella personalmente, porque sabía que ella ya tenía 91 años cuando llegué. Pero fue una sorpresa y una alegría enorme descubrir que María seguía dando clases y por suerte las siguió dando algunos años más. De hecho, una amiga y yo somos las dos últimas danzaterapeutas que María formó.
T: Finalmente, toda esta segunda parte de tu vida empieza y sigue con ella…
V.M.: Sí. Yo venía formándome con una de sus discípulas en Milán antes de venir. María es una gran artista y también tiene una relación muy especial con Italia. Recuerdo que, a poco de llegar, apenas al mes y medio, yo ya estaba participando de su muestra de fin de año como alumna, y al terminar, ese día, me invitó a comer helado en su casa. No dormí por dos noches de lo feliz que estaba. Conocer Buenos Aires, a ella, todo había sido un sueño cumplido.
T:Sabemos que aquí te enamoraste de un argentino, formaste una pareja y hasta te casaste, aunque esto último fue más bien un asunto práctico ¿cómo ocurrió?
V.M: Nos conocimos con Daniel en octubre de 2014 y al año siguiente empezamos a salir. Yo tenía algunas dificultades con los trámites para obtener la residencia que me permitiera trabajar en blanco. Así que a mediados de 2016 decidimos casarnos. Antiguamente se pedía la mano de la novia a los padres: Daniel me propuso matrimonio en la oficina de migraciones.
T: ¿Tienen proyectos artísticos compartidos?
V.M: Bueno, yo soy bailarina y Daniel es músico y escritor, así que nuestros trayectos artísticos tienen muchos puntos de contacto y además se complementan. Yo participo bailando en algunos shows de los grupos que Daniel tiene y él (que además trabaja como pianista acompañante de grupos de danza) participa activamente de mis muestras.
También armamos con otros músicos y otras bailarinas un grupo de investigación y exploración entre música y danza. Pero durante el año pasado, en pandemia pusimos en imágenes y video por streaming un proyecto personal exclusivo de nosotros dos, con la dirección de la coreógrafa Teresa Duggan.
El proyecto tiene su historia: yo le solía decir a Daniel que nunca me regalaba flores, así que una vez me dijo “acá tenés tu regalo”. No eran flores, sino que me había escrito una serie de cuentos en los que me regalaba flores. “Flores para Vivi” fue el título de ese libro de cuentos a los que Daniel les sumó una canción interpretada en el piano para cada relato. Durante la pandemia se nos ocurrió coreografiar cada cuento-canción y lo hicimos en forma casera, pero nos gustó tanto que pedimos la asistencia de Teresa y terminamos realizando un trabajo hermoso que se puede ver en YouTube.
T: ¿Cuántas alumnas tenés?
V.M.: En este momento tengo más de 100 pero justo ahora es noviembre y siempre hay un poco de baja en la matrícula con el cierre de año. He llegado a tener cerca de 150. Doy tres cursos de danzaterapia por semana, 8 de danza clásica, dos de danzateatro para mujeres de entre treinta y ochenta años. Ahora uno de los cursos de la escuela lo está dando Malena, mi asistenta.
Mi idea es que la escuela se expanda y que más personas puedan disfrutar de la danza en otra etapa de la vida. La escuela nació con un solo curso, en el Teatro Coliseo, en octubre de 2014. Ya en el 2015, tenía un curso por mes con música en vivo a cargo de Daniel Donamaria, mi pareja. En 2016 empecé a hacer clases semanales, una de danza clásica y una de danzaterapia.

T: ¿Qué disfrutás más de todo esto que generaste con tus alumnas?
V.M.: Amo la comunidad que se creó en la escuela, las cosas que compartimos, en las clases, eventos, fiestas, cumpleaños, espectáculos, muestras, grabaciones. Amo verles las sonrisas cuando bailan, los rostros iluminados, la expresión de sentirse bailarinas, porque, de hecho, cuando bailan, eso es lo que son. Tengo muchas anécdotas, escritos, canciones, gestos de amor y de apoyo, comentarios por las redes sociales. Me gusta verlas compartir entre ellas, ayudarse, prestarse trajes para los espectáculos, acompañarse y sostenerse en cada situación.
Siento que ellas son felices con todo esto y que ya son parte de mi vida y de la danza del mismo modo en que yo y la danza somos parte de la suya. Es un vínculo muy fuerte el de haber cumplido algunos sueños, sobre todo en esta etapa de sus vidas, en proyectos que son estímulos para sentirse vivas, en límites que se transforman en posibilidades.
T: ¿Tienen entonces una muestra también para este fin de año?
V.M: Sí, este año vamos a preparar una nueva película que se presentará online y se llamará Reencuentro. El viernes 10 de diciembre tenemos jornada de rodaje en Tecnópolis y la edición final se presentará el martes 28 de diciembre a las 20.30hs por YouTube. El estreno oficial de la película será en febrero en un teatro. Entonces, compartiremos el film con nuestro público. El lugar donde proyectarla está todavía a definir. Toda la información para verla, o para contactar con la escuela, está disponible en mi website: www.escuelavivianamercurio.com.
Por:Gabriel Sánchez Sorondo
