Por Marisa Plano
La vida no siempre se presenta con colores brillantes. Hay etapas donde todo parece detenerse, donde las fuerzas escasean y el alma se repliega buscando abrigo. Son esos inviernos personales en los que uno se siente que ya no puede más, que todo cuesta, que los sueños se enfrían. Sin embargo, es justamente ahí donde el corazón se pone a prueba, donde la esperanza se vuelve raíz y sostiene, aunque no se vea.
Debemos aprender que florecer no es mostrar pétalos bonitos, sino tener el coraje de seguir creciendo aún cuando el clima no acompaña. Es levantarse cuando algo dentro tuyo quiere rendirse. Es cuidar de uno mismo con la misma ternura con la que alguna vez cuidamos a otros. Cada dolor, cada espera y cada caída traen escondido un aprendizaje que, con el tiempo, se transforma en fortaleza .
Cuando todo parece perder sentido, uno empieza a valorar lo esencial: una palabra amable, una mirada que comprende, un abrazo sincero. Son esos pequeños gestos los que preparan el alma para florecer y entonces, sin darnos cuenta, la vida vuelve a abrirse paso.
Florecer no significa olvidar lo que dolió, sino convertirlo en algo que inspire. Que cada herida cerrada con amor se trasforma en sabiduría. Qué la vida, incluso en su fragilidad, tiene una fuerza infinita cuando se la mira con gratitud.
Por eso, debemos remar ante la adversidad y a pesar de todo intentar seguir creyendo y valorando la vida , aceptando al otro tal cual es y conviviendo en nuestra diversidad funcional. Porque en la vida, al final, no se trata de evitar las tormentas, sino de aprender a florecer bajo su lluvia.
Lic. en Ciencias de la Educación.
Fuente foto: infobiología.net
