Por Ivana Rugini
Cuidar, valorar y amar a las plantas, sí. Admirar su belleza, también; pero lo que se despertó en mí al estar frente al Algarrobo abuelo fue más profundo.
Añejo, curtido y gigante, como un pulpo que con sus tentáculos simboliza todo lo que puede crecer, hacer, a todo lo que puede acceder y acaparar.
La enseñanza ancestral comenta que el árbol más ancho del bosque es el ABUELO, el más sabio, el que orienta y guía…
Eso sentí al estar frente al Algarrobo abuelo, Merlo, San Luis (Argentina). Con más de 800 años, se lo venera, se lo admira y respeta y si te quedás sentado bajo su sombra fría y húmeda es como si te envolviera en su gran enseñanza de conectarte con la tierra, con tus antepasados y vibrar en UNIDAD. Así permanecí unos largos instantes hasta que otra reflexión vino a mi encuentro: este gran árbol no resalta por su belleza, son sus tantísimos años los que se la dan. Esto mismo hace bellos a nuestros abuelos, no su apariencia, sino la hermosura subjetiva que vemos al estar delante de un anciano amado.
Es difícil amar a un viejo si solo se ve a un viejo. El amor brota sin esfuerzo cuando se valora quién es por lo que fue…
LA BENDICIÓN DE UN ANCIANO
Bendito seas,
si comprendes que mis manos tiemblan
y que mis pies se han vuelto lentos.
Bendito seas,
si recuerdas que mis oídos
ya no oyen tan bien
y que ya no lo oigo todo.
Bendito seas,
si sabes que mis ojos ya no ven bien
Si no te enfadas
porque dejé caer la taza más bonita
o porque cuento lo mismo por enésima vez.
Bendito seas,
si me tratas con ternura,
si comprendes mis lágrimas silenciosas
y me haces sentir que soy amado.
Bendito seas,
si te quedas un rato más conmigo
cuando oscurece por todas partes
y si tomas mi mano un momento
cuando deba entrar solo en la noche,
la noche de la muerte.
Bendito seas.
Yo encenderé las estrellas
cuando esté en el cielo.
Autor: Desconocido
Fotos Google.com

