Por Paula Winkler
Seas soltera, casada, conviviente, viuda, divorciada; madre o no; profesional, ama de casa con ayuda o sin ella; como quieras percibirte o todo a la vez, reconocé que hay personas que exhiben caras de estar conformes con su vida y el entorno. No son tontas, poco reflexivas ni cínicas: en la mayoría de los casos se trata de personas agradecidas.
¿En qué consistirá el secreto? Veamos, hay amigas que nos asombran porque aun en la dificultad, se sostienen enteras, íntegras. No se ahogan en un vaso de agua y trabajan a diario su autoestima con una sencillez asombrosa. Es insuficiente que seamos bellas y luzcamos en nuestras ocupaciones, que nos valoren. Hay algo que nos extranjeriza, nos confunde, como si por querer estar mejor y avanzar, relegáramos una cuestión común a los humanos: el sempiterno deseo de ser queridos. Así, casi siempre, deseamos el deseo de la otra. Es decir, creemos que la otra por tener menores cargas vitales que las de nuestras espaldas, logra lo que se propone, cuando en realidad, a todos y a todas nos falta algo (incluso, a pesar de lo que “nos sobra”).
La rutina aliena. Nadie que tenga dos dedos de frente lo puede negar. Sobre todo si se trata de nosotras, mujeres habituadas a hacer miles de tareas en el hogar y fuera de él, contemos o no con la ayuda de un compañero deconstruido por la época y, también, con la paciencia de abuelas niñeras, si tenés hijos y no podés afrontar honorarios o preferís acudir a tu madre.
Buscar la escucha de un analista, iniciar una terapia, hacer gimnasia, iniciarte en cursos que aporten nuevos conocimientos, todo esto no te devolverá placer si lo hacés sin reconocer en detalle tu propia vida y la aceptás. Como asimismo, el camino que elegiste. Sobre todo, sentirás malestar si no reflexionás retroactivamente acerca de errores en el pasado que esperás no repetir en tu presente o si lo hacés, sin la herramienta adecuada.
Las pequeñas celebraciones de lo cotidiano, aquello que nos aleja muchas veces atento a la velocidad extrema con que intentamos cumplir el deber ser todas las mujeres sería, acaso, un medio posible (y gratuito). En la psiquiatría que rehabilita adicciones suele haber una expresión “solo por hoy”. Hoy pudiste buscar a los chicos en el colegio, preparar la comida, terminar tu trabajo. Y agradecer que estás viva y no, enferma; que sos joven y no, anciana; que pudiste elegir a esa familia adicional que son los amigos y disfrutar de ellos de vez en cuando.
Dar gracias a diario puede transformar ciertas acciones en una cadena factual en automático. (El cerebro aprende más rápido de lo que pensamos). Por ejemplo, si te acostumbraste desde joven a sortear desgracias o a encararlas con fortaleza sin abandonarte al descuido, es probable que no necesites gastar en cursos acerca de cómo atrapar energías: tus defensas aparecerán solitas no bien madrugues y prepares el desayuno para vos y los tuyos. Con esta costumbre dejarás de vivir en “modo espera”. Ello no implica que no te fijes metas. Es lógico buscar un horizonte amplio conforme tus recorridos y tu territorio. Simplemente, da gracias a Dios (o a la vida, si sos atea o agnóstica) que, pese a todo, continuás viva, viendo cómo no se evapora aún el color de las naranjas en medio del caos en que últimamente se transformó el planeta…).
No se trata de que neguemos, que finjamos demencia –esa pasión brutal de no querer saber- de aceptarlo todo como si fuéramos tontas o viviéramos en un fuera-de-escena, sino de bucear en las sencillas maneras de vivir en paz con nosotras mismas.
