Opinión de Marisa Plano

El modelo de convivencia que todavía nos debemos


Por Marisa Plano*

Cuando hablamos de modelo de convivencia, no hablamos solamente de normas o de palabras correctas. Hablamos de la manera en que una sociedad decide vivir, compartir espacios y construir vínculos humanos reales.

Un verdadero modelo de convivencia no deja personas al margen, no obliga a nadie a sentirse diferente para poder participar y no convierte la dignidad humana en un privilegio para algunos. Se construye todos los días en la escuela, en los trabajos, en las calles, en las instituciones y también en la forma en que miramos y tratamos al otro.

Muchas veces se habla demasiado y se hace muy poco. Se corrigen términos, se repiten discursos y se organizan charlas, pero el desafío más importante sigue siendo generar una convivencia auténtica, donde cada persona pueda desarrollarse, expresarse y participar plenamente de la vida cotidiana.

Porque no alcanza con decir que todos tenemos derechos si al mismo tiempo existen barreras que aíslan, silencian o limitan oportunidades. El cambio real aparece cuando una comunidad entiende que convivir no es aceptar desde la distancia, sino compartir desde el respeto, la empatía y el compromiso humano.

El modelo de convivencia que necesitamos no debe basarse en la lástima ni en la apariencia de compromiso social. Debe sostenerse en hechos concretos, en accesibilidad real , en escucha genuina y en la convicción de que nadie tendría que luchar el doble para ocupar un lugar que también le pertenece.

Construir un mejor modelo de convivencia es aprender a vivir como sociedad pensando en todos, no como un favor, sino como un acto de humanidad.

*Lic. en Ciencias de la Educación