Por Claudia Carina Oviedo

Más allá del pedestal: el lugar de la mujer en la sociedad de hoy


Por Claudia Carina Oviedo*

Entre avances históricos y luchas cotidianas, ¿qué significa habitar el presente como mujer?

Me pregunto, a veces en medio del ruido cotidiano, qué significa hoy ser mujer, no en abstracto, no en teoría, sino aquí, ahora, con el cuerpo cansado y la mente llena. Durante años nos dijeron que nuestro lugar debía conquistarse, como si existiera un mapa previo con una X marcando el destino. Hoy intuyo que el mapa se dibuja mientras caminamos, y eso, lejos de tranquilizarme, me exige más.

Presencia que transforma: Los números avanzan, más mujeres en directorios, en laboratorios, en pantallas, pero los números no cuentan lo esencial: qué hacemos con ese espacio. He visto liderazgos que priorizan el cuidado sin perder firmeza, modelos de gestión que no replican la vieja pirámide, decisiones que incluyen lo que antes se consideraba secundario. No se trata de ocupar el lugar del hombre, sino de preguntar qué tipo de lugar queremos habitar.

La cultura digital nos dio voz, sí, pero también nos expuso. Crear comunidad ya no requiere permiso institucional, y eso libera y agota a la vez; cada publicación, cada debate, cada silencio calculado forma parte de un nuevo aprendizaje colectivo. No estamos solo presentes, estamos redefiniendo lo que significa estar.

Lo que el progreso no cura: Avanzar no borra las heridas, la brecha salarial sigue ahí, aunque algunos sectores muestren mejoras. El cuidado sigue siendo, en la práctica, asunto de mujeres, y eso tiene un costo, carreras interrumpidas, salud mental frágil, tiempo propio que se esfuma. La violencia no desaparece con leyes más robustas si la cultura sigue normalizando lo inaceptable, y los derechos reproductivos, esa conquista que creíamos consolidada, hoy se negocian en tribunales y plazas públicas.

El progreso no es una línea recta, es más bien una marea, una que avanza, retrocede, deja residuos. Cada reforma, cada conversación incómoda, cada gesto cotidiano suma o resta. la ley abre posibilidades, pero es la cultura la que permite que alguien se atreva a usarlas.

Mirar sin simplificar

Hablar de la mujer en singular ya no alcanza, porque no vivimos lo mismo. Una mujer en una oficina de Buenos Aires no enfrenta los mismos límites que una trabajadora rural en el norte argentino, ni que una migrante que cruza fronteras con lo puesto, ni que una mujer indígena que defiende su lengua y su tierra. El género se entrelaza con la clase, la etnia, la edad, el territorio, y creo que ignorar esa complejidad es traicionar la causa que decimos defender.

Los medios tienen la responsabilidad de mostrar sin reducir, visibilizar sin romantizar, la diversidad no es un recurso estético, es la medida real de cuánto hemos avanzado.

Claves para sostenerse mientras se transforma: Transformar lo estructural requiere sostén interno, mientras exigimos cambios afuera, también podemos cultivar herramientas para no desgastarnos en el intento.

Ponerle nombre a lo invisible. El cuidado, la gestión emocional, el trabajo silencioso no son naturales; son construcciones, nombrarlos permite redistribuirlos y dejar de cargarlos en solitario.

No confundir resistencia con autosacrificio. Aguantar no es virtud, aprender a decir no, a delegar, a proteger tu energía, es un acto de lucidez y de cuidado propio.

Buscar alianzas, no rivales. El mito de la mujer que debe triunfar sola es una trampa, las redes de apoyo real multiplican fuerzas y recuerdan que el camino se abre caminando juntas.

Cuidar la narrativa. En un mundo que intenta encasillar la mujer, recordar que la historia de cada una no cabe en categorías ajenas es un acto de libertad. Escribir, hablar, crear espacios donde cada voz sea la que cuenta.

Descansar sin culpa. El descanso no es un premio por productividad, es un derecho porque es en la pausa donde se regenera la claridad, la creatividad, la capacidad de seguir.

El lugar que se construye: Al final, el lugar de la mujer no es un destino fijo, se decide en las aulas, en las empresas, en las casas, en los medios y también en el espejo, en la conversación que pospusimos, en el límite que por fin trazamos.

Hoy no buscamos un lugar, lo habitamos, lo cuestionamos, lo ampliamos, y cuando hace falta, lo dejamos para construir otro. La sociedad que emerja de este proceso no será una donde las mujeres encajen mejor, sino una donde nadie tenga que achicarse para caber.

Y quizás esa sea la pregunta que vale la pena sostener: no dónde pertenecemos, sino qué estamos dispuestas a soltar, compartir y reinventar para que todas, sin excepción, puedan ser.

*Lic en Psicología MP 3082