Por Paula Winkler
Fui (y soy) administrativista: el Derecho te sigue bajo el sol y hasta las sombras, no te abandona nunca. Quien desconoce la valía del Derecho Público, sobre todo algún joven de poca experiencia, puede que se pregunte para qué “sirve” el Estado. Tales jóvenes y también adultos, sea por sus creencias, experiencia, intereses o afiliaciones, supongo que repetirán la duda utilitaria en las redes. Incluso aunque dependan en más o en menos de alguna prestación a cargo de entes públicos no estatales o estatales: el transporte, la salud, los registros imprescindibles en compras de bienes inmuebles, semovientes o muebles registrables; nacimientos, uniones convivenciales, divorcios, todo desde el nacimiento hasta la muerte se encuentra regulado. Y también, dificultado si Kafka se mete entretiempos e instancias, reclamaciones y demandas, solicitudes y exigencias; vale decir cuando las personas pasan años (rabiosos) a la espera de lo que, en definitiva, sería resolver con celeridad y eficacia a fin de sostener una mínima calidad de vida, no solo económica. La calidad de vida depende a menudo de las burocracias (las hay privadas poco eficientes también).
Hasta hace unos años a nadie se le ocurría dudar que el Estado es un organizador y que las prácticas y servicios, concesionados o no, deben ser cumplidos con lógica estratégica, lo que no depende solo de la bonanza de las leyes sino de cómo estas se ejecutan. De este modo se evita aumentar el malestar que deviene en inalterada violencia. Hay países amables en los que solo unos pocos enfurecen y los que delinquen son penados y repudiados socialmente (incluyo a los infractores y a algunos que pasan por vivos…). Cito por caso a los escandinavos y a Chile, sin ir muy lejos.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, parece imprescindible reiterar que las instituciones se han creado para evitar el drama de Antígona: ella tuvo que decidir por sí misma si hacer justicia dándole la sepultura merecida a su hermano o acatar a Creonte, el Rey de Tebas, que finalmente la condenó a lapidación pública por haberlo enterrado desacatando su arbitraria orden. Es que cuando la ley (justa) no empieza por casa, las poblaciones corren el grave riesgo de anomias e intentan la consabida “justicia por mano propia”. Aquello de ojo por ojo, diente por diente, es nada recomendable: las anomias pueden devenir en decadencias fatales que no inspirarían siquiera folletines de mal gusto.
No es cuestión de ponerse agoreros sino de reflexionar con sentido común. Algunas antiguas cátedras universitarias hablaban de los tres pilares a ser cumplidos en todo Estado, a saber: salud, seguridad y educación. Luego, y siempre confirmando primero éstos, se regulaba la entonces no denostada actividad industrial o comercial: había empresas y sociedades de Estado. A efectos de no herir susceptibilidades locales, me permito recordar que la conocida fábrica de automotores alemana Volkswagen, inició como sociedad de economía mixta con participación estatal mayoritaria (la del Estado de Baviera).
A propósito, me pregunto, qué se enseñará hoy, cuando jóvenes (también adultos) se preguntan asertivamente en las redes, fascinados, “para qué sirve el Estado”. Sería desaconsejable repetir el mito de Antígona para asombrarse enseguida después de “la violencia”. El malestar social la produce, no solo el subjetivo… Por consiguiente, no olvido a aquel Jesuita rector de la Universidad del Salvador, también filósofo, Ismael Quiles cuando decía: “La sociedad no es un ser físico, sino un ser que pertenece al orden moral; es decir, a ese orden que, aunque real, no constituye un sujeto sino un conjunto de sujetos unidos por relaciones en las que interviene la voluntad humana”. La sociedad y los gobiernos los hacemos, pues, entre todos. “Estado” no es sinónimo de “gobierno” pero, desde luego, ningún gobierno “aluniza”… Los adultos, los viejos, los responsables no necesitamos ejemplos jerárquicos para no provocar daño. Se supone que adquirimos moral suficiente (o ética). Los chicos y los adolescentes, sí, deben poder seguir ejemplos lo más contundentes y en detalle posibles. ¡Gracias por su atención!
